Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de septiembre de 2009

Un Número de telefono

Hace tanto que no nos veíamos, que no aguanté y te volví a llamar. Lo conseguiste demasiado fácil. Vos me intimaste, viniéndome a buscar, al enterarte que en todo este tiempo de plena ausencia, yo había conocido a Melisa.
Supe que el orgullo de las minas es bastante fuerte, y que no podías bancarte el hecho de verme con otra.
La jugaste bien, como cuando tenes una buena mano para el envido, y sin deschabarte el tanto, te aguatas de cantarlo, para tener vos el “Quiero” después.
Y ganándome con 33 de mano, te fui a buscar.
Garchamos. A la mañana el beso rápido, y –cuando llegues llamame así hablamos-. Después cada uno a esperar su colectivo, a cada lado de la calle. Desde enfrente tiras un beso cuando te subís al tuyo, mientras sigo esperando a que llegue el mío. Te veo sentarte del lado de la ventanilla, y después de guardar las monedas me sonreís , antes de que el bondi arranque...
Creo que esa noche fue cuando quise pedir una docena de empanadas, para la cena, y no encontraba el número de “El noble repulgue” (que es el lugar a donde siempre llamo cuando pido empanadas), así que se me dio por llamar al que figura en uno de los imanes de la heladera.
Era un imán de color verde, de un local llamado “EMPANATA”. Llamé resignado, sabiendo que probablemente nadie me atendería. Ahora que me acuerdo, ese local dejó de existir hace rato, porque las veces que había marcado el teléfono sonaba de forma incansable, sin que alguien atienda. Fueron mínimo 3 las veces en los últimos meses, en que había marcado ese número sin encontrar ninguna voz detrás del tubo.
-Llamo , total no cuesta nada, que se yo!-, Por ahí estaban de vacaciones, o haciendo reformas , o en una de esas sin trabajar los días feriados.. Hubieran sido demasiadas las coincidencias que se tornaron las veces que decidía llamar a EMPANATA. Sin embargo, volví a marcar el número. Está vez, una chica me atiende y me toma el pedido, diciéndome que la docena me costaría $23, y en menos de media hora estarían tocándome el timbre.
A penas corté, me resultó extraña la llamada, porque el local existía a pesar de las veces anteriores en la que fue imposible comunicarme, y además el costo de la docena es irrisorio, ya que acostumbro a pagar en cualquier parte no menos de $35.
Al rato llega el chico del delivery, con unas empanadas que además de baratas, eran enormes y exquisitas, sin dudas las mejores que había probado en todo Ramos Mejia.
Hay algo que no anda bien, estaba seguro de que ese local no existía más, no podía ser que las otras veces nunca atendieran cuando los llamaba por teléfono. En realidad es un local que no recuerdo haberlo visto en la calle, lo conocía solamente por el número que figura en el imán pegado de la heladera. Imán que ni siquiera se como llegó a mi heladera. Ahí también figura su dirección, sobre la av. San Martin, aunque la numeración no se puede leer, ya que se encuentra borroneada, por gotas de agua o aceite, que le habrá caído alguna vez (Con fineza se distinguen 3 números, que indicarían que el local de EMPANATA, se ubica mínimo entre 10 cuadras, sobre esa Av San Martin, que empieza en la estación y alcanza el 1000 cuando llega a la plaza Bomberitos)…Creo que una sola vez vi el local. Por ahí tengo un vago recuerdo de su marquesina, ya reemplazada por otro negocio en al actualidad. Si es el negocio, en el que pienso, estoy seguro de que existió..Pero que hoy no está más. Sería capaz de asegurarlo, sin ningún fundamento sólido, y menos ahora que una chica me atiende, y me manda el pedido.
El hecho que el precio de la docena, sea tan bajo, me provoca una sospecha ridícula. Pongamos que en todo este tiempo en el que era imposible comunicarse, fue porque lógicamente EMPANATA, cerró hace un par de años,(como creía hasta hoy a la noche) y el local quedo vacío. ¿Puede ser que por alguna falla, del universo, se provoque un quiebre espacio-temporal, que me permita comunicarme con el pasado inmediato?, Pasado que evoca y palpita los acontecimientos propios, vividos hace un par de años, donde el local de EMPANATA, atendía a sus clientes y manejaba ese rango de precios para sus docenas. Fruto de la carga inflacionaria de la época.¿Quién seria capaz de vender una docena a $23 hoy en día?.
Los endebles pilares de mis sospechas están entablados únicamente, sobre esa suposición.
Quizás sea cierto que los empleados y dueños de EMPANATA, permanezcan encerrados en su local, viviendo 2 años antes que nosotros, prendiendo la tele y viendo a San Lorenzo festejar el campeonato de Ramón Díaz, o averiguando las listas de los padrones, para votar dentro de un par de meses a Lavagna como presidente de la nación.
Capaz, logre traer desde ese pasado reciente, por lo menos una docena de empanadas. Tal vez por mi perseverancia, en seguir marcando ese numero, que durante tanto tiempo se me negaba.
No es virtud de Quijotes hacer frente a estas pequeñas causas perdidas como las de rescatar locales de comidas cerrados hace un par de años, pero se que por mi empeño logré traerme de aquel espacio olvidado, preso en vaya a saber que dimensión de tiempo, aunque sea las mejores empandas de Ramos Mejía.
Me acuerdo que esa misma noche cuando terminé de comer, te llamé como me habías pedido, hasta que me cansé de escuchar sonar tu teléfono, y me quedé dormido.
Al otro día fue levantarse temprano para entrar al laburo, y cuando me quise acordar ya era jueves, creo que hasta había empezado octubre, porque me di cuanta que me había vencido la boleta de Edenor, Y no volvimos a hablar, después de tu sonrisa arriba del bondi.
Esa noche vaya a saber de que dimensión, ubicada en un universo antiguo, que atrasa algunos años, se había escapado algo más que una docena de empanadas.

domingo, 2 de agosto de 2009

La Noche de poder

“Cuando no se tiene el coraje de vivir como se piensa, se termina por pensar como se vive”.
Victoria Ocampo.



Es esa sensación de cansancio mezclada con suciedad, de transpiración y nicotina pegada en la camisa, de nochecita húmeda a las 7 de la tarde, en el microcentro. No hay día de la semana, sin que salga del edificio de la calle Piedras, salude al seguridad de la puerta y me diga a mi mismo, “ya mi viejo no me necesita en el trabajo!”, yo no sirvo para estar todos los días sumando números de cosas que ni siquiera conozco. Pero la rutina es tentadora, el precio de lucrar con la seguridad de un sueldo todos los meses, me viene amansando en ese suave y dominante letargo. Últimamente me invade un miedo innovador. Como cada tarde al salir del trabajo el reclamo se repite, y ya no entiendo a donde dirigir mi quejadumbroso destino que me tiene insatisfecho dentro de esa oficina.
Me digo, “Ya no quiero más esto”, ¿Pero que es lo que quiero? o ¿Para que? Si así estoy bien, “pero no!”. Sino no puedo preguntarme lo mismo día tras día, semana tras semana, ya me ganó durante 4 años esta duda que no trasmuta en el tiempo, me envejece y me enseña a tolerarla con esa ligera suavidad, casi imperceptible. Porque cuándo todo empezó, fue como una ayuda de mi viejo para poder seguir mis estudios de contador, para tener unos pesos, pero hoy ya abandoné la carrera, sin embargo sigo ahí dentro. ¿Por qué?, pensé que irme era traicionar a mi viejo en ese entonces, hoy aunque no lo vea de esa forma sigo ahí, es el conformismo, la seguridad, la certeza de poner el despertador, de llamar a Ana a la misma hora, del insomnio, de las repetidas anécdotas en el café, de ir a casa de mamá. El tener todo bajo control, ese triunfo del orden que impera como verdadero soberano. Hoy soy esclavo de ese anhelo de seguridad, que fue mi preocupación arcaica, y viene a encarcelarme con este miedo del que les hablo.
Esta tarde salí un poco más apurado, porque quería tomarme el colectivo para ir de Ana, a pasar la noche juntos. Hace rato no nos vemos, y cada vez que nos encontramos tengo la intuición de que ella espera la mejor forma de dar por concluida esta relación que se mantiene por el peso de una cobardía pertinaz en ambos, de eludir hipocresías, de volver a conformarnos, de aceptar esa puta seguridad, del escape más sencillo a la soledad, del miedo a los soliloquios posteriores de cuartos a oscuras, de sabanas tendidas. Es tan degradante, verla y adivinar un dejo de lástima, de irreverencia, y hasta de una suma irritación al verme como a un timorato, al que se le han acabado las expectativas, con ella, con el laburo, con todo. La cuestión es que la espera por esa decisión final crece. Decisión que jamás iba a venir de mi parte, y ella lo sabía, pero también sumida en un similar conformismo en el que seguimos hundiéndonos, buscaba la forma de huir de todo esto de una buena vez. Para ser sincero, de a poco me va importando menos la certeza de que ella conoció a otro y ni siquiera pierde el tiempo en darme esa estocada final, ya ni esa gloria de domingo de plaza de toros la alienta a acabarme. Al salir de la oficina pensé que esta espera era a causa ya no de su conformismo, o su cobardía, si no del rotundo desinterés. El pensamiento coincidió con recibir un frío mensaje al celular, en le que ella pedía que hoy no pasara por su casa, por problemas que ni perdió el tiempo en detallar. Quizás en otro momento la hubiera llamado enojado pidiendo explicaciones, con la angustia de perderla. Creo que finjo una aceptación, por todo ese miedo que me deja en una suerte de anestesia, de narices violáceas teñidas de acido prúsico. Me avergüenzo de esta aceptación que sigue venciéndome. Primero con la poca fuerza de valor, para encarar a mi viejo y desligarme de la oficina.
-Puta es mi viejo!, después de todo quiere lo mejor para mí, por eso me dio el trabajo, para ayudarme, para que crezca, ¿tan doloroso puede ser el crecimiento?, ya crecí.
No me explico por qué la incapacidad para alejarme de su designio, me provoque tal insatisfacción. La misma que no se detiene y sigue aumentando a sus espaldas.
Que se yo, el sentir este marcado rechazo de Ana, me incomoda, sé que ahora voy a terminar comiendo en casa de mi vieja, y durante el camino, no voy a poder dejar de pergeñar ecuaciones relacionadas a su vida, de que es lo que hace, en que piensa. Idear la manera de captar su interés nuevamente, de alejarme, de valerme de una ausencia, de que me piense y buscar una idealización tras esa distancia. O fingir una vida paralela a la relación, que me aventure a crear historias ficticias, de ribetes psicóticos, con el fin de de saberla alejada del eje de mi vacía existencia.
Cuando llegué a casa, mi vieja estaba cocinando y mi viejo en el escritorio leyendo. Iba a prender la tele y quedarme sentado iluminando un cuarto más de ese caserón, y así disimular el vacío enorme que hasta por medio de la casa podía adivinarse. Pero no, fui hasta la cocina y le pregunté a mi vieja cuanto faltaba para que la cena este lista. Como los ravioles iban a demorar no menos de una hora elegí salir a la calle de vuelta, para alimentar la rutina y regar mis pensamientos con las voces que circundan al rechazo de Ana, esa noche. Al caminar hasta la puerta lo vi en la mesita del living, brilloso, potente, dominante. El revolver que era de mi abuelo, y mi viejo lo incluía como un adorno más en el aparador de la entrada. Eso no puede ser un adorno, un objeto justiciero, que rige con el peso del orden. Ese orden que impera tras el horror, el miedo a su poder, a ese albedrío de decidir la vida de quien ose imponerse delante. Ese adminículo que nos regala ese carácter de Dios, de rey soberano, de negro verdugo, no puede ser un simple adorno que junto a demás souvenirs, rellene ese enclenque aparador olvidado del living.
No sabría el motivo por el cual decidí tomarlo, sentir su peso en mis manos, olerlo más de cerca, buscar aquellos rastros de pólvora que escribieron mudos e intangibles anecdotarios, callados como la escena posterior a uno de sus antiguos disparos. Jamás disparé, ni me han llamado la atención las armas, como para verme seducido por ella de este modo obsceno, pero a la vez me cubría de un espeso sosiego, el hecho de imaginar ese cuadro que se produce tras la ejecución de un disparo. La imagen de una calle empedrada, solitaria, perdida, de anacronismos, de dos hombres, un duelo, un estallido que como chicotazo lastima los tímpanos, y luego una sorda caída, el silencio más atroz, la muerte.
Aunque era una noche bastante calurosa agarré la campera que había colgado al entrar, y lo guardé en uno de los bolsillos interiores, y así salimos juntos a la calle.
En un principio, pensé que esa caminata nocturna vendría a soslayar aquellos lugares más recónditos de mi cabeza, donde vuelvo a sufrir la misma situación exasperante del laburo, a aquel facilismo que me impide lograr un cambio, o mi estúpida maleabilidad a las decisiones de Ana. Pero nada de esas cosas invadían mi mente ahora, luego de que me propuse llevar esto en mi campera. Al caminar un par de cuadras, me pregunté que hacía con eso encima, que razón me incitaba actuar de ese modo irracional, sabiendo que nadie anda armado por la ciudad.
-¿Y si se dispara sola?, no tengo la menor idea si esa cosa funciona, después de estar tanto tiempo como adorno de aparador.
Lo más vergonzoso sería salir herido, después de cometer la idiotez de estar con eso encima sin ningún motivo. O peor sería tener la poca fortuna de cruzarme con un oficial de la policía y sobrellevar esa inexplicable y sospechosa actitud, si es que me la encuentra entre mis ropas.
De todas formas me importaba poco, caminaba rápido y me sentía algo intranquilo, pero con la suerte de haber logrado la evasión de aquellos mismos y viejos pensamientos. Cuando llegué al Parque Avellaneda, decidí cruzarlo, sabiendo que es oscuro y peligroso. No me interesaba en verdad, llevaba conmigo un objeto de poder, la corona de la realeza, la cizaña del verdugo. En el medio del parque cruce a un joven de mi edad más o menos, que pasó por delante, dirigiéndose hacia la avenida Directorio, que es de donde yo venía. Después de haberme alejado unos 20 metros decidí frenarme en el sitio, y volverme para acompañarlo. Como un juego quizás, estudiar su comportamiento ante la presencia de un extraño. De un extraño que encima lo asecha en aquel lugar desolado propicio para alentar impunidades, y que brinda el amparo que un crimen necesita. Era cómico ver la manera en la que aceleró el paso al sentirme a sus espaldas. De igual forma le retruqué su jugada. Hasta supo trastabillar con algunas de las piedritas que rellenan el camino. Sentiría pavor el pobre, imaginaría lo peor seguro. Lo peor que estaba cerca de serlo, porque yo tenía el poder conmigo esa noche, tenía el poder que brinda ese objeto del orden, esa herramienta justiciera. Cuando me di cuenta ambos corríamos. Ya la broma me estaba exasperando al no tolerar su poca hombría para sortear esa situación.
-Si te van a robar acéptalo y punto, ¿Qué es eso de correr desesperado buscando una salida?.
Esa luz que sorprende a una cucaracha en las penumbras de una cocina, era la reacción de ese infeliz que corría delante de mí. Volvió a trastabillar con las piedras, solo que esta vez cayó de boca al suelo, y sin atinar a levantarse siquiera, me pidió que no le hiciera nada. Yo lo alcancé con una sonrisa dibujada, disimulando la carcajada tras ser testigo de su deplorable caída. Pero decidí llevar más allá esa broma que alimentaba mi locura, a ese “Yo” insano, cínico, trastornado, que salía de mis viseras y ya era dueño entero de mí ser. Creo que esa risa se transformó en irritación al instante de verlo implorarme de esa forma cobarde. Y clavándole la mirada en sus ojos, saque el arma de la campera, y le apunté sin decirle una palabra. Con su voz quebrada me repetía que me llevara todo lo que quisiese, pero que no le haga nada. Tembloroso se sacó el reloj y me acercó el celular, su billetera, tratando de complacerme de algún modo y acabar con esa pesadilla. Pero yo seguía mirándolo sin abrir la boca y apuntando a su cabeza. Pienso en lo que escribo y no me avergüenzo, él era la vergüenza esa noche, él era el que se replegaba hincado ante mi soberanía de amo poderoso, él decidía aceptar de aquella forma tan vil y denigrante la derrota anta la opresión, ante la decisión de alguien con mayor convicción, “Él” era yo. Y sin quitarle un momento la mirada de sus ojos veía un simple espejo sobre el camino de piedras del parque. En ese entonces mi deseo era verlo estallar, y que se levantara del suelo de manera estridente para irse sobre mí, para golpearme con toda la furia hasta romperme la nariz y verme sangrar la boca. Pero jamás ocurrió, allí estaba tendido, derrotado, aceptando su destino. Era inútil esperar su reacción, lo veía llorar indefenso. Yo deseaba más que nada esa reacción en él, porque quizás, si así hubiese ocurrido yo me habría salvado, su ira desatada vendría a contarme que existe una salida, que el hilo de Ariadna esta en mi mano, y solo me queda recogerlo para salir de esa obra infernal creada por Dédalo. Guardé el arma y corrí como un caballo desbocado para irme bien lejos, para desaparecer y alejarme de esa escena vergonzosa para ambos. Corrí como nunca, buscando alejarme de mí para siempre.

lunes, 8 de junio de 2009

Los problemas de vivir atrasado 2 años

Julio viajaba en colectivo el día viernes, a las 5 y 30 de la tarde, igual que el jueves, o el miércoles, o el martes, o el lunes…
Cuando se ubicó frente a la puerta trasera, para bajarse en el mismo lugar que baja los mismos días mencionados anteriormente, una chica media desorientada le pregunta si estaba por bajar, entonces gentilmente le sede el lugar frente a la puerta, porque de seguro ella debía seguir viaje…
Más tarde Julio se encuentra parado a unos 20 pasos, del mismo lugar donde se había bajado los otros días de la semana, esperando al segundo colectivo en su itinerario vespertino; cuando la misma chica se acerca sonriente, y le dice:
- “Si no fuera por vos hubiese seguido de largo”, entonces Julio también se ríe por educación y le contesta: -“AAhhh, cierto que vos sos la chica del bondi”, …
Y sabiendo que es medio boludo, se calla la boca para siempre, porque lo que estaba a punto de decirle , lo acababa de decir hace 2 años...
Porque Julio vive atrasado 2 años.

domingo, 31 de mayo de 2009

El viejo del bondi

Creo que cuando escribimos, lo que hacemos es inventar una historia a modo de carta de rescate, pensando que el que la lea, va descifrar lo que ansiosamente pedimos escondido entre todas esas líneas.
Yo no pienso mentir encubriéndome en falsas alegorías, debo decir que tengo mucho miedo.
Me reconozco joven, poseedor de un cuerpo que no luce maltratado, sólo gracias a mi corto desempeño laborioso. Mi cara cansada, de rasgos que acentúan la notable tristeza de las fotos-carnet, me tornan avejentado para mis 22 años. Aunque el paso del tiempo sólo es percatado por las verduleras de origen boliviano, que al atenderme me consultan sobre mi pedido atribuyéndome el título de "Señor". Cuando hablo de éste deterioro rescatado por su visión "quechua" de mi realidad, creo que se debe a ese miedo del que les hablo. Miedo que permanece dormido cuando me veo enredado en problemáticas triviales que acaparan mi vida, ya sea por el trajín laboral, o por un estado de ensueño mayormente provocado por triunfos de la vida amorosa.
Cuando algunas de esas variables independientes una de otra, empiezan a tomar resultados adversos, éste monstruo dueño de mi constante temor cobra las fuerzas necesarias para huir de su letargo.
Hace unas semanas viajaba en colectivo a plaza Serrano a eso de las 2 de la mañana. El bondi estaba lleno de chicos que hablaban a viva voz e improvisaban un pseudo-Karaoke, que ya estaba colmando mi paciencia. A todo esto llegando a Villa Crespo, un anciano de más de 80 años que viajaba junto a esa tribu de energúmenos adolescentes, tocó timbre y se bajó sólo en una parada perdida, en las abandonas calles del barrio.
El viejo tenía dificultades para caminar y una famélica expresión que me partió el alma cuando di con su mirada. No se como decirlo, pero me vi a mi mismo en ese viejo solitario.
No se a donde podía ir a esa hora. Lo más probable es que volviera a su casa luego de visitar a un pariente desconsiderado que lo hacia viajar sólo, o de ver a un amigo enfermo que estaba internado. Capaz se iba a un puterio... La verdad, no lo sé.
Yo me lo imaginé caminando un par de cuadras recorriendo esos paisajes de persianas bajas de decenas de negocios de telas o casas de repuestos, con su paso moribundo hasta llegar al lugar, donde de seguro no hay nadie esperándolo. Donde tendrá miles de cosas que lo rodean y le hacen recordar historias que le dibujan muecas risueñas en sus labios, cosas que lo fueron todo en su momento y hoy ya no existen. Vigilado por las fotos de su habitación, donde se reencuentra constantemente a la mujer que amó y partió antes que él, o con sus hijos para los se ha convertido en alguien tan prescindible. Así se acuesta debajo de las frazadas agujereadas de rombos descoloridos, cada una de sus noches.
No se por que digo todo esto, porque cuando llegué a Palermo ya el viejo me importaba muy poco, pero su recuerdo se abalanza sobre mí y hace un ruido fuerte en mi cabeza como para despabilar el monstruo al que tanto le temo.
Hoy no tengo nada y se que todo lo que alcance al llegar a esa edad, me lo tendré que ganar con esfuerzo y ahínco.
No quiero caer en el remanido papel de víctima, pero muchas de las cosas que intenté no funcionaron y por estos días tengo que volver a elegir caminos que me lleven a ser alguien que lucre con esa efímera condición llamada felicidad.
Reconozco que pierdo mucho tiempo en elegir el camino que debo tomar. El camino incorrecto tiene una falsa salida que nos conduce a ninguna parte, nos lleva a la nada misma, ("la nada" es un terreno inexplorable que forma parte de los dominios del temido monstruo) en resumen "la nada" es el infierno. Por lo tanto no queda otro remedio que volver sobre nuestros pasos para elegir un nuevo camino desde el punto de partida. Esto no se puede tomar como un entero fracaso, porque para retornar a ese punto hay que conocer el camino de ida, y si uno fue lo suficientemente inteligente y precavido, ese tiempo de retorno debería ser más corto, en comparación al anterior.
Cuando hablo del monstruo infernal dueño de mi miedo, me refiero a una entidad sobrenatural que se apodera poco a poco de nosotros. Se nutre de las caídas y fracasos cotidianos.
En China se conoce a estos seres como los “Sian Gin”. Son espíritus muy antiguos que habitan en los bosques, cuidando a los árboles y animales que lo forman, y se encargan de tomar venganza de los cazadores o leñadores que osen invadir su territorio, absorbiendo toda la energía destructiva, y devolviéndola al bosque nuevamente. Los Sian Gin se instalan en las cabañas de aquellos hombres, y empiezan a alimentarse de sus energías vitales durante varios días. Es así que esta suerte trágica, suele provocarles severas e inexplicables enfermedades, que en ocasiones hasta pueden causar la muerte. Se dice que por cada hombre asesinado por estos espíritus terrenales, cae una lluvia de 7 días que puebla de verde vida, a los bosques de China.
También estos “Sian Gin” son los llamados Elementales de la tierra, dentro del lenguaje esotérico, los cuales se desenvuelven en un plano astral distinto al de los seres vivos, y en contadas ocasiones se dejan ver en parajes inaccesibles de los campos, pero rara vez ingresen en las ciudades.
Cuando uno de ellos se presenta lo hace como un ser insignificante, por su pequeño tamaño, sin causarnos el mínimo temor.
Gracias a su diminuta condición no nos damos cuenta en el momento que ingresa en nuestras vidas. Lo primero que hace es esconderse en algún lugar del hogar donde pase desapercibido. Por lo general descansa en la almohada y su primer alimento es el fruto de los sueños. Su voracidad es proverbial y en poco tiempo devora a los mejores pensamientos. Cuando menos lo creemos, las locuras que nos regaban de alegría, convierten a ese jardín de proyectos en un terreno estéril, donde solo los pequeños brotes que realzan sobre su árida tierra son de infaustas hierbas malas. De ésta manera los horizontes que trazábamos para nuestro futuro se empiezan a vislumbrar en un margen mucho más acotado. Poco a poco su ancho disminuye hasta el punto en que pensamos únicamente en el día de mañana y no mucho más allá que eso.
Así es como éste monstruo (O Sian gin en la china), va apoderándose de nosotros lentamente.
La segunda víctima es el humor, el cual desaparece o cambia de manera rotunda, ya que solemos volvernos personas tan ácidas como un caramelo FIZZ.
Lo más triste es que antes de apoderarse de los brazos y las piernas, con los cuales los movimientos se apaciguan y nos alejan de toda actividad deportiva, se adueña de nuestros ojos. Los ojos de las personas dominadas por el monstruo son más sensibles a la luz de lo común, por esa razón las personas afectadas andan cabizbajas, con el entrecejo fruncido y los parpados caídos. Sus ojos empiezan a distinguir menos los colores, y sin llegar al punto de la ceguera, estas personas viven en un mundo sin color, viven el mundo de los grises más acentuados.
Cuando esto sucede en alguien, es porque el monstruo ha vencido...Y esa persona ya no es la que conocía su entorno, porque la metamorfosis llegó a su fin. Esta entidad infernal consiguió su estado antropomórfico.
Ahora su trabajo es mucho más sencillo. Seguirá actuando de igual forma, tratando de absorber a todo el ámbito de la víctima.
Por eso las personas grises, son gente muy considerada y solidaria. Por eso no tienen amigos, están alejados de su familia, y son tan reacios a enamorarse. Deberíamos respetarlos más y quererlos, porque ellos nos quieren a nosotros y se alejan para protegernos y liberarnos de aquel monstruo.
Existe una única escapatoria para huir de esa entidad, pero se contradice con la personalidad de la gente gris.
Éste tipo de individuos se rigen por los aspectos mas rigurosos de la razón, motivo por el cual se alejan de sus seres queridos, y sin saberlo se equivocan. El escape es querer y entregar su alma a los demás, el escape es dejarse llevar por lo que dice el corazón y no la cabeza...
Es una solución muy pacata y al alcance de cualquier hijo de vecino; pero las respuestas a los problemas no son siempre las más difíciles.
Bueno, pienso que debería irme a dormir, y no demorar más mí tiempo escribiendo sobre estas cosas, pero me cuesta acostarme, hace un par de días que oigo murmullos en mi almohada.









Esto fue, lo primero que escribí, hace un par de años. Ya no escribo más.

lunes, 11 de mayo de 2009

Instrucciones para pintar un buen cuadro

Para sacar a relucir las virtudes artísticas que usted ha adiestrado durante años en la escuela de artes plásticas, debe cumplir con unos simples requerimientos que pasaré a detallarles ahora mismo.
Hago la salvedad de que para conseguir hacerse con una pieza elogiada por expertos tasadores de obras, en las más selectas galerías de pintura, tendrá que manejar las técnicas básicas del dibujo, sin la necesidad de ser un gran dibujante, basta con que sepa formar colores en la paleta, y maniobrar sin mayores disgustos la extensa gama de pinceles acordes a su creación.
El primer paso a sortear antes de sentarse frente al lienzo, es localizar a una mujer hermosa. No se confunda, el mejor cuadro del mundo no necesariamente debe retratar la figura o los rasgos angelicales de una dama, la mujer que usted debe localizar es aquella de la cual pasará a enamorarse. Es así de sencillo, por eso mi recomendación hace referencia a una que cumpla el requerimiento de ser bella, solo para acortar distancias de tiempo. Es mucho más fácil enamorarse de una mujer hermosa que de una no agraciada, piense que el cuadro que logrará le traerá mucho dinero, dinero que le empezará a hacer falta si usted demora mucho tiempo en dar con esa mujer, recuerde que los pintores siempre tienen problemas con deudas de alquileres atrasados de su respectiva locación. Una vez que de con ella deberá sortear la no menos difícil tarea de enamorarla, no olvide nunca que el tiempo le juega en contra, para el caso es bueno que se presente agradable, con una marcada elegancia (La flor en el ojal es un cliché que ha pasado a mejor vida, no cometa el error de llevarla consigo), perfumado, y con una plena seguridad de sus deseos y expectativas. Las mujeres huyen de los individuos inseguros, valiéndose de esta certeza, explote al máximo su postura bohemia ante la vida, la imagen de incomprendido social, de artista con una mirada melancólica, que sabe apreciar la bellaza de las nimiedades más inverosímiles. Como último consejo para desenvolverse ante este importantísimo ítem, que será el factor ineludible para alcanzar su obra maestra, deje entrever que usted no posee un mayor interés en ella y que su acercamiento se ha dado por una simple razón circunstancial (No abuse de esa arma, ya que el tiempo avanza inexorable alejando el día de paga en la subasta, cada vez mas), las mujeres que intuyen una necesidad en el hombre, perderán de manera rotunda el interés. De complicarse la tarea, anúnciele que se aproximan a sus días una realidad regada de billetes, que aceptará gustoso de compartir (No se asuste, porque dije lo de compartir, para cuando se haga con el cobro de dicha fortuna, ella no será de mayor interés para este procedimiento).
Cumplido con el primer paso, iniciará la segunda parte de ésta estrategia, quizás un poco más fácil que lo hecho de manera anterior. Luego de vivir un presente de ensueño, en la que ya se han asentados los gustos en común entre los dos, habiendo compartido momentos, lugares, cumpleaños de tíos en localidades alejadas del conurbano bonaerense, realizado extensas mateadas en la costanera, y reuniones matinales, sábado por medio, en supermercados enormes, destinadas a recorrer largas góndolas de productos para salir con multitudes de bolsas cargadas de provisiones. En fin, una vez alcanzada la felicidad que soslaya a la consolidación de una pareja estable, deberá dar por terminada a la relación. Puede ser que en la descripción anterior, he llegado al punto del aburrimiento total entre ambos protagonistas, para lograr una mayor eficacia en su accionar, el rompimiento quizás deba darse antes de cumplir con las especificaciones dadas últimamente, lo mejor es acabar con la relación en el momento máximo del amor.
Para que el distanciamiento se produzca en buenos términos, finja un viaje imposible de postergar, a lugares inaccesibles, recomiendo Laos, Djiboutí, o Fray Bentos, que esta cerca y lo alejan los puentes cortados por ambientalistas furiosos solamente, como buenas opciones para mencionarle a la mujer despechada.
Aclaro que usted también sufrirá el alejamiento de su amada mujer, pero de esta manera conseguirá guardar el recuerdo de un amor puro e inmenso, en donde no existió la oportunidad de toparse con cualquier desengaño. Le advierto que causará un poco de malestar estomacal esa ausencia los primeros días, pero es necesario realizarlo de ésta manera para que en su memoria solo exista el amor real, sin que halla sido empañado por la tristeza de cualquier circunstancia que echara por tierra esa elección de vida en común. De ahora en más vivirá con la alegría de saber que hay un amor inmenso que espera por usted, y que solamente ha sido truncado por un factor ajeno a los dos.
Y ahora viene la tarea más sencilla, disponerse unas cuantas horas delante del lienzo y dejarse llevar por los nobles sentimientos dueños de su memoria, que irán lanzando imágenes a su retina, que como buen artista sabrá decodificar a la perfección, si es que ha prestado atención aunque sea por una vez al maestro Garaicochea durante la asiduidad con la que ha asistido a sus clases.
El cuadro perfecto está a pocos pasos de darse a conocer, basta que coloque los colores adecuados a la hora que se le abalancen los estigmas de esa truncada historia amorosa. Elija las tonalidades claras o pastel, cuando invadan a su mente imágenes de aquel simple beso de despedida, beso como cualquier otro, con la diferencia de que ambos lo sabían como final. Cuantas veces uno ha dado un último beso sin saber que no existiría otro después, fueron muchas las veces que me tocó despedirme de manera indiscreta y mundana, sin saber que luego de ese saludo no habría ningún otro. De haberlo sabido me pregunto como habría sido aquel beso, o quizás habría tomado la precaución de guardarlo en un lugar más importante en mis recuerdos, pues usted no correrá con esa suerte, porque ha tenido la dicha de programar esa partida que la supo como única, desde un principio. Es probable que sienta una ligera desdicha en ocasiones posteriores, al imaginar como sería su vida junto a ese abandonado amor, de no haber elegido ser millonario pintando esta obra. En ese momento solo dirija sus pinceles a los colores oscuros y fríos, acentué las sombras o marque la profundidades de los pliegues de las posibles caídas dadas en telas de las vestimentas, que de seguro habrá elegido holgadas, para los personajes retratados.
Verá lo sencillo que le resultará llevar adelante su obra, si es un hombre razonable y ha sabido respetar las especificaciones dadas por este servidor, de ahora en más solo piense en que gastar todo su dinero. Yo me pregunto, por que sabiendo de mis recomendaciones hay pintores que son tan desdichados en su carácter monetario.

miércoles, 15 de abril de 2009

Juguemos de a dos (Sueño del Hombre celeste)

Fue todo como uno de esos sueños largos, placenteros, y hablados con una voz tan distinta a la nuestra, más vibrante, con el eco de mares extraviados en el fondo de las caracolas. Una voz desconocida pero a la vez familiar, parsimoniosa y reconfortable. Un sueño de un hombre celeste, donde el cielo se ve aplastado por colchones acuosos a punto de exprimirse en lo alto sobre nosotros, no sin darnos tiempo a correr en busca de un resguardo a la anunciada lluvia que vendrá a perfumar con el aroma del pino y las entrañas del rosado ladrillo de la tierra, que burbujeante poblará a las narices de festejada omnipotencia. Esas narices que absorberán como nunca el fulgor que brota de aquella naturaleza homenajeada por un cielo generoso, que empecinado en alimentar a esta verde diosa, irá envileciéndola con su vanidad de floreciente vida, para que luego se extienda con total arrogancia a lo largo y a lo ancho de los campos. Es un sueño donde el aire es caliente y a veces se ve abofeteado por pequeñas ráfagas cosquilleantes para los cortos pelos que crecen al costado de las manos. Un aire estancado, que resopla de a ratos, solo para susurrarnos versos inaudibles al ladito de la oreja.
Sin embargo el hastió de esa tarde que vitupera la ansiada lluvia para el campo, nos tiene aburridos a los dos, sentados sobre una de esas mesas hechas para los jardines de las casas de verano, con coloridas incrustaciones cerámicas, donde cientos de piedritas desteñidas por el sol, se chocan unas con otras, para dar forma mediante su unión azarosa a una especie de rompecabezas diabólico, que viene a recubrirla totalmente.
Enfrentados ambos, sentados a un costado de la mesa, que en el medio exhibe un antiguo tablero de ajedrez, conformado por pequeños azulejos amarillentos y turquesas. Parecemos una feliz pareja.
Casi sin meditarlo, decidimos improvisar una partida, para huir al tedio que se apoderaba de la atmósfera expectante por el agua que aún se hacia esperar. Las piezas inexistentes para comenzar el juego, fueron fácilmente suplantadas por lo primero que teníamos al alcance, sobre la mesa. Decidí que un par de saleros representaran a mis Torres, mientras que vos fuiste a buscar dentro de la casa unos frascos de pimienta negra, para tener también tus Torres. Tú Reina fue una botella de Coca Cola, mientras que la mía fue una de Fanta vacía. Un par vasos telescópicos, como los que llevaban en décadas pasadas los chicos a las excursiones del colegio, se encargaron de cubrir el lugar de los alfiles. Mis vasos o alfiles, como quise llamarlos en ese momento, eran de color naranja, mientras que los tuyos fueron azules. Encontrar los peones fue lo más sencillo, bastó con repartir ocho aceitunas para cada uno, verdes las mías, negras y rellanas de morrón las tuyas.
Así pasamos un largo rato, comiéndonos unos a otros las suertes de figuras emulatorias de aquel arcaico juego de guerra. Algunas veces hasta podríamos decir que fue literal el hecho de comer las figuras, sobre todo a penas se largó la partida y cambiamos peón por peón, para alivianar el tablero.
Nos olvidamos de la soledad que imperaba hace un rato en nuestras almas enfrentadas sobre la mesa, y juro que nos divertimos, y disfrutamos como chicos ese momento ridículo, en que éramos solo nosotros dos jugando. Sin embargo las primeras gotas que se hicieron camino entre la maraña de pelos, hasta acariciar fríamente el cuero cabello, vinieron a anunciarnos que era imposible seguir con esa farsa. Las improvisadas figuras desparramadas en el tablero, luego de todo ese tiempo de intensa lucha, eran irreconocibles. Fue inútil tratar de identificar tu alfil, o que vos recordaras que la botella de Fanta se trataba de mi Reina. Recién dimos a cuenta que hay cosas que no pueden ocupar el lugar de otras que fueron hechas únicamente para cumplir la tarea de eliminar rivales avanzando en diagonal, en línea recta, o saltando en “L”. Y antes de empaparnos, aunque ya algo mojados, dado que esa lluvia era el segundo designio de esa tarde de ensueño, del que no pudimos escapar. A pesar de nuestro esfuerzo, juntamos lo poco que quedaba en la mesa, para ir corriendo hasta la casa. La lluvia ya desatada había finalizado la partida de un juego que desde el vamos comenzó repleto de carencias, y sin remedio alguno quedaría inconcluso.
Y saben una cosa, a ninguno de los dos nos importó.


viernes, 6 de marzo de 2009

La espera del hombre celeste



Fue así que el aquel hombre dueño del mar aguardó el apercibimiento de su eterno amante, que no es otro que el inconmensurable cielo, que hoy se ve enfundado en un grisáceo pelaje lanudo, que inspira un punzante desamor; una clara certeza de repugnancia por todo lo que lo rodea. Allí mismo es donde hallamos el umbral de las divinidades, y la pureza eclesiástica, el ámbito donde conviven la serena brisa veraniega y la furia incontrolable de salvajes torbellinos, que llevan adelante la sencilla tarea de destrucción, estimulando la ardua y tenaz labor de perfeccionamiento en el hombre, que se impone ante semejante inclemencia con la fuerza y la obligación de refundar todo aquello acometido por esa violencia desatada, y construir un renovado mundo sobre los escombros del ayer.
El hombre celeste, se ha cansado de esa alargada espera, ávido del profundo desinterés de parte de su amado cielo, que yace espejado en el cristal de sus aguas, y disfruta obscenamente el despliegue de la belleza de su elocuente gama de colores, con total vanidad. Fue así como ese hombre dueño del mar, aceptó su triste realidad, y decidió alejarse de su amor no correspondido.
Primero lo intentó viajando a las profundidades de sus aguas, donde las penumbras lo envuelven en un su frío manto, simplificando la penosa tarea del olvido.
Luego probó por el cambio de destinatario a la hora de ofrecer su amor más sincero, y eligió a la arena de la playa, la misma que ha vivido enamorada del antes indiferente hombre celeste que la acariciaba diariamente, con su afable y enternecedor oleaje sobre sus costas, desde la génesis del mundo.
La arena había alcanzado el corolario de su estadía en esta tierra, maravillada de ostentar con el amor, por el que imploró durante siglos, y por el que jamás había conseguido una mísera atención.
El mar al igual que la arena por primera vez recibía una retribución por parte de su amante, sin embargo un profundo dolor amenguó la braveza con la que el hombre celeste le da vida a sus aguas. A medida que la arena brillaba en un fulgor resplandeciente aumentaba la dicha del paisaje, ensanchando su costa. Cuando ésta crecía pintando un cuadro donde el amarillo se transformaba en el color preponderante, la marea bajaba cada vez más su nivel. El mar inmerso en la hipocresía de ese falso amorío, empezó secarse y a oscurecer sus aguas que salpicaban de muerte a los animales y algas que lo habitaban. Al mismo tiempo la arena de la enorme y ensanchada costa, reverberaba sublime ante la mirada atónita de los desafortunados pescantes. Fue así que el hombre celeste no soportó más eludir a su verdadero amor, -El cielo-. Mientras el éxtasis y la algarabía se adueñaban de la playa, éste lloró.
Su enfermizo y desgarrador llanto hizo crecer nuevamente al mar, acotando el despliegue de la costa, para volver a fundirse en el horizonte con el diáfano cielo, reflejándolo como solía hacer desde un principio.

lunes, 2 de marzo de 2009

La culpa de ser sufrido















Lo de Racing es algo que me llamó siempre la atención. Un club que en el imaginario popular es grande, o que supo serlo en aquellos tiempos que corrían en blanco y negro. Como en el partido con el Celtic, y ese gol del Chango Cárdenas que cada año que pasa, patea más fuerte y desde más lejos .
Pero desde que tengo uso de razón, mis únicos recuerdos relacionados con racing son los de sus infinitas crisis. El descenso, los presidentes ladrones, la quiebra, su desaparición, y demás penas…
Este campeonato para no ser menos, arranca perdiendo los 3 partidos, y echan a Llop.
Como es sabido, los D.T son los primeros en irse cuando las cosas van mal. Es parte de la justicia tacita que impera en este ámbito, por lo que se ve como un axioma más, al que no se debe discutir.
Agarra Caruso Lombardi, que es un de los chantas más grandes del fútbol argentino, y eso basta para que la gente renueve sus esperanzas, creyendo que por fin el club va salir de está agonía.
Llenan la cancha, entusiasmados con todas las declaraciones de su nuevo técnico, que parece que estuviera haciéndose cargo del Milan, ya que se pasea por todos los programas de tele, desparramando su alegría y buen humor.
El sábado fueron todos, la tribuna reventaba, el clima ideal de veranito porteño, algunos saltaban a la fosa para bañarse en el agua podrida y refrescarse un poco. Hay mucha alegría, las banderas son colgadas desde temprano hasta Caruso de traje negro y corbata regalaba chistes y sonrisas a la cámara.
Tanta expectativa de la gente, no podía ser menospreciada, y fue así como en una combinación mágica de mediocampistas, entre paredes vertiginosas entrando al área y un centro atrás para la palomita del delantero, estamparon el 1-0. La gente explota de algarabía y ya piensan en una frase ingeniosa para pintar en una bandera que dibuje la cara de su nuevo ídolo, el sesudo marionetista, a un lado de la línea de cal. “El gran caruso!”
Y los minutos se fueron quemando, y desde las plateas miraban sus relojes para ver que dentro de poco, Racing se iba a llevar sus primeros 3 puntos, ganados en buena ley. Los hinchas se hablaban entre si, y no podían creerlo. Algo tenia que pasar, esto no puede ser tan sencillo, “En cualquier momento-Argentinos tiene que salir de contra y enchufarnos un gol!-
Y ese pensamiento se multiplica por 30.000 personas más, que están a los costados de la cancha, ya callados y desconcertados por lo que se escribe en el marcador. Y a esas 30.000, se le suman cientos de miles más, que están detrás de una radio o televisor pensando en lo mismo. “Ahora nos empatan”.
Hay un término esotérico, llamado “Egregor”. Se utiliza para simbolizar, a una enorme condensación de energía generada por un pensamiento, o deseo en común, perteneciente a una gran masa de gente. Este “Egregor”, es una especie de alma de esa multitud, y contiene un peso de energía psíquica proverbial.
La cuestión es que al árbitro se le ocurre cobrar un dudoso tiro libre en mitad de cancha para argentinos, a los 48 minutos del segundo tiempo.
“Ahí está!! Ya nos tenían que cagar!!!
Ahora nos embocan!
Este arbitro es un chorro!”
Imagínense ese pensamiento unificado, por todos los hinchas de racing…
En ese momento estaba viendo el partido en la tele, y lo que vi como un tiro libre insignificante sin posibilidad alguna de gol, para los hinchas de racing fue el frió de la muerte, que venia a anunciarles su postergada desdicha a la que están acostumbrados.
Y las garras de ese monstruoso Egregor, creado sobre el terreno de juego, por sus hinchas, fueron de las más despiadadas…Como era de esperarse, el centro llovido cae desde muy alto sobre la puerta del área, esperado por las parejas de marcadores y delanteros que pugnaban por el milagroso cabezazo. Pero Campagnuolo pudo mas que todos ellos, y hubiese saltado la banca de cualquier casino de ser esto un juego de azar, porque lo que hizo nadie lo esperaría jamás. Un Arquero que sale desesperado a más de 8 metros de su arco para ni siquiera pasarle cerca con sus brazos estirados, a la pelota, es insospechable para cualquier black-man de turno.
Pero toda esa mala onda, y pensamientos negativos, que crecen desde las tribunas engordaron al Egregor racinguista. Así que no vengan a echarle la culpa a Campagnuolo, que simplemente fue victima de toda esa energía psíquica nacida desde los costados.
Por ese motivo pienso que toda esa gente fanatizada por Racing, que llena la cancha cada partido, por más que solo peleen por no descender, es la principal responsable de la desdicha de este club que supo ser grande.

martes, 17 de febrero de 2009

Buche prodigioso

Los colibríes machos en épocas de apareamiento liberan una encarnecida lucha en afán de hacerse con una de las codiciadas hembras, que escasean en las concurridas bandadas que sobrevuelan los coloridos ligustros, del pabellón de quemados del hospital alemán. Esta batalla por lograr la atención de la amante en cuestión, se produce por medio de una caballerosa puja, que alzará al más apto de los machos, con el placentero derecho de fecundar, conservando su estirpe.
La elección por parte de las hembras se inclina hacia el pajarillo que posee el mayor buche, producto del mejor desempeño a la hora de libar el néctar de las flores colgantes, de estas enredaderas que envuelven los paredones, en unos de los patios interiores de aquel recinto hospitalario.
Es así como los machos se esfuerzan por vaciar el contenido resguardado entre esos pétalos amarillentos, anaranjados y violáceos, que se esconden en las alturas, para hacer más trabajoso su fragante aleteo, por el que elevan su pequeño cuerpecito, que gotita a gotita, va creciendo hasta regodearlo en esa esfera suspendida en el aire. Esa esfera regordeta irá describiendo una escueta orbita lunar, que lo llevara desde una lila que asoma de la mitad de la pared, a un crisantemo a la orilla de una arcada, ya vacío por otro competidor que le ganó de mano.
Muchos colibríes se desesperan por llenar su buche del preciado néctar, sin reparar en el peligro que conlleva alzar su cuerpo, cada vez mas pesado, hasta los inalcanzables brotes de las cumbres, donde los capullos vírgenes, todavía no han sido alcanzados por los sedientos picos, de los demás competidores. Allí sus eufóricos aleteos van cediendo con el cansancio. Sin embargo en su desesperado fin, de conquistar a su hembra que aguarda cautelosa por los buches más radiantes, el colibrí agotado, con sus alas acalambradas, en muchas ocasiones rompe su hegemonía de satélite suspendido, para caer sin escala alguna, de lleno sobre las acanaladas baldosas del patio. Otros menos afortunados, sufren colapsos cardiacos, tras la agitación de su diminuto corazón que se ve sobrepasado por el ritmo de un vuelo estrafalario.
Son pocos los machos colibríes que logran el título que la hembrea exige para aparearse.
Desde el banco de este jardín central, un chico con su cuaderno azul, escribe sobre la guerra desatada por estos amantes alados, que luchan frente a él. Allá más adelante, donde está el verde paredón del ligustro, que explota de primavera.
Y él escribe sobre aquello, porque es otra forma de llenar de belleza a sus hojas de cuaderno, que nadie lee. Y que importa si no se rompe el cerrojo de estas palabras, escondidas tras el cartón azul de la tapa, porque esta belleza seguirá creciendo en su interior, engordado aun más su buche de deseos mudos e inertes.
Sigue escribiendo sobre el amor de los colibríes, y su belleza escondida ya es tan grande, que resquebraja la piel de ese buche que acalla tantas palabras prisioneras de su cuaderno.
Palabras destinadas a morir sin experimentar la humedad de una voz que se digne a leerlas.
Y así llega el mediodía, y la resquebrajada piel, ya no puede contener el crecimiento de semejante belleza, y se agrieta hasta el punto en que empieza a sangrar.
Ya es hora de cambiar los vendajes...



domingo, 15 de febrero de 2009

Lo que a mí me importa a vos te da igual

Una esponja sumamente escurrida tiene fascinación por las coloridas maderas de un tobogán, que marcado por las suelas de pequeños pies a lo largo de su trayectoria deslizante de pinotea, es otro de los monstruos que equipa las instalaciones de otra de las tantas plazas de Buenos Aires.
Fue un lunes donde empleados de la municipalidad fueron a limpiar una plaza de Mataderos que queda en Av. Alberdi y Lisandro de la Torre.
La esponja quedó olvidada en unos de los pastizales cercanos a los juegos del arenero. Olvidada o arrojada a adrede por uno de los limpiadores que acababa con su labor de quitarle la mugre a los caballos de la calesita. Ese día lo vio por vez primera a él, con toda la señoría imponente de genuino tobogán, que se para orgulloso de cara al sol de media tarde. En realidad lo primero que vio fue su sombra que lo privaba de recibir el calor de esos rayos lumínicos que enervaban a las verdes hebras de ese tramo de la plaza, hasta incinerarlas en su propia clorofila. Allí reposaba solitaria, sucia, sin su forma original de ovalo amarillento, y demasiado mareada, ya que hace rato venía destilando la pestilencia del Blem, que vendría a funcionar de estupefaciente para su pequeña condición femenina, de tan burbujeante y suave torso desnudo, humedecido, castigado...
Esta adamantina esponja se durmió pensando en la idea de que alguien tarde o temprano, se encargaría de limpiar las maderas del tobogán por el que los niños se deslizan diariamente; ya que sería a ella a quien se buscaría para alcanzar tal cometido. Y dicho y hecho, fue así como ocurrió. A la tardecita los empleados municipales retomaron sus tareas, y esta desalineada dama pudo darse a conocer frente a ese enorme gigante de cuerpo de madera y férrico esqueleto, que se mantenía inclaudicable ante las inclemencias del viento, la lluvia o la humedad que tanto deterioraban a sus firmes hierros pintados, que han de resistir al indefectible y llamativo color anaranjado del óxido. Este enorme coloso, para la menospreciada esponja, es inquebrantable frente al peso de sus visitantes, que son de mostrar un gran descuido con el material de sus aventuras lúdicas, con el afán de lograr la mísera atención de sus madres que aprovechan el tiempo de su vigilancia para ojear revistas de peluquería, sentadas en los bancos.
Durante la tarea, por la cual su suave cuerpo enjabonado liberaba de suciedad al gigante, se producía un cercano vínculo, donde la atracción de esta dama de limpieza era irrefrenable, sin embargo las maderas que de a poco iban adquiriendo aquel olvidado brillo del pulido, se mantenían indiferentes. Y no podía ser de otra manera, ellas estaban acostumbradas a que la escasa estadía de los visitantes usurpadores de su fisonomía, sea efímera. El paso ajeno de juguetones niños, dura contados segundos, debido a su ya conocido largo, resbalante, y declinado físico.
En cambio en la esponja se da el caso inverso, en ella tenemos una pequeña cárcel de todos aquellos retazos de circunstancias vividas. En donde descansan incontables sensaciones de viejos olores, manchas, gustos o colores de distintas suciedades. En ella las huellas del pasado son parte de su cuerpo presente, dado que el paso del tiempo es el causante de su actual aspecto.
Quizás el coloso al sentir como el agua perfumada con detergentes recorre su cuerpo, también intuya esa atracción por parte de ella. Sin embargo la pendiente característica de sus vigas, se ocuparan de escurrir el producto de lavado, hasta que el sol de la tarde termine por abolir su humedecida condición, propinada por las caricias esponjosas de aquella olvidada huésped. Esponjosa huésped que guardará por siempre en su piel las astillas que se le clavaron hiriéndola, sin que pueda quejarse siquiera, porque como es sabido, las esponjas no tienen boca para poder decir sus penas. Así que por siempre conservará para sí el montón de astillas, junto a ese olor de la pinotea.



lunes, 2 de febrero de 2009

La Existencia del Hombre Celeste

Estaba recostado en la arena de la playa, cuando veía hundirse en el mar la incandescente gema del ámbar que encendía el cielo, el amor imposible de aquel hombre dueño del mar.
El mar se hizo inmenso, por el solo placer que significaba reflejar ese espacio celeste, gris, a veces dorado, y hoy en un furioso carmín, ámbito que encarceló a todas las aves. El mismo que roba pequeñas porciones de su agua salada, para que ella dance espumosa en el aire, teniendo cortos amoríos, que mueren con el llanto de estruendosas tormentas.
Es así que esa pasión desatada en los cielos, se ha repetido por la suma infinita de los días, que han dado vida al mundo. Su fruto ha enamorado al hombre celeste, que espera ansioso la decisión de su amante incondicional, por robarle ese pequeño tramo de su esencia, para devolverlo a sus profundidades cuando da por satisfecho su deseo amatorio.
El hombre celeste se ha acostumbrado a vivir condenado a esa espera atroz, y se distrae tallando las piedras de las costas, derribando pequeños cangrejos, en sus cortas excursiones por las orillas del mar, haciendo cosquillas en las panzas de enormes manatíes, y acariciando la arena de la playa.
La arena sin querer, se ha enamorado de aquel hombre, acostumbrada a recibir su toque adamantino, tras el repiquetear constante de sus olas, logrando enternecerla durante cada crepúsculo. Sin darse cuenta el hombre celeste es también culpable de ocasionar la misma desdicha que él sufre.
Y yo sigo sentado en los medanos, cuando el sol está por apagarse debajo de esa inmensa línea horizontal, que vincula a aquellos dos amantes arcaicos. Tomo un puñado de la arena, que subsiste con el peso del engaño, y de forma inmediata se desliza por los huecos de entre mis dedos, para caer de nuevo en la playa. Allí espera ansiosa la caricia del hombre celeste, que permanece impávido reflejando en el cristal, al hermoso cielo en su total esplendor.



sábado, 31 de enero de 2009

Cajita musical



Había una vez un señor muy solitario, el cual supo querer y ha querido mucho.
Todo lo que quiso lo guardó con sumo cuidado en una cajita musical de color negro, que tocaba la serenata de Shubert cuando se abría su tapa de caoba, labrada en dibujos de furiosos dragones chinos.
Allí dentro estaba lo más importante de su vida, seguro y ajeno de cualquier mano descuidada que viniera a arruinarle su tesoro.
Todo permanecía intacto e inmutable.
De vez en cuando ese hombre abría el pequeño cofre para ojear de vuelta aquel día de lluvia, en el que regresó del colegio agarrado a la mano de su mamá; la noche que cerró los ojos al mismo tiempo que Caty para darle un beso, o ese verano que junto a sus primos salieron corriendo por el pasillo que daba al gallinero, tras romper el ventanal de casa de tía Estela. Todo se encontraba bien seguro ahí adentro.
Una vez terminado su ritual evocatorio, el señor cerraba la caja para guardarla en el mismo sitio, y dejaba de sonreír como tonto para recuperar su gesto costumbrista y parsimonioso.
En una ocasión, luego de haber repasado de manera visual, sus fantasías y vivencias, encendió uno de sus oscuros habanos y se sentó en el balcón como solía hacer las tardes soleadas. Él ya no sintió más alegría ni tristeza, porque ya nada quería. Todo aquello estaba bien resguardado una vez más.
Sin embargo ocurrió algo que lo salvó. Preso de un profundo sueño que se fue apoderando lentamente de su cuerpo, hasta acometerlo sobre su clásico y mullido sillón colonial, al tiempo que el cigarro se consumía entre sus dedos.
Fue solo cuestión de minutos. Las últimas expiraciones de esa apaciguada ignición alcanzaron la piel del sosegado hombre, que despertó en un ardiente grito de dolor.
Sin darse cuenta es libre nuevamente, ha vuelto a sentir.


FIN.






Que foto tan , pero tan espontanea, no?

domingo, 18 de enero de 2009

Parodiemos al laberinto del Fauno







Cuenta la leyenda que al sur de la frontera de la antigua ciudad de Caldea existía el cultivo de la alcachofa más sabrosa de todos los tiempos. Esta poseía el corazón más tierno que cualquier paladar pudiera imaginar. Así es como cientos de comensales en el pueblo, los más de sus días, soñaban con embeber a esa clara verdura esponjosa, dentro de sus platos cargados de aceite, sal y pimienta.
Sin embargo esa promesa de éxtasis de sabor nunca ha podido ser experimentada, ya que las voces de los lugareños se han encargado de recordar solamente, la infinidad de las ásperas y espinosas hojas que recubrían al manjar. Fue así como la gente creció con el miedo a la dureza de esa oscura corteza vegetal, olvidándose del placer que dormía en sus entrañas. Cada año, las cosechas de los habitantes de Ur, se terminaban pudriendo sin que nadie se animara a deshojar el verde y duro peligro que protegía a ese olvidado corazón.
En "el laberinto del fauno" se contaba una leyenda sobre una flor que crecia en la cima de una montaña, era lo mismo..Todo esto era por eso