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miércoles, 15 de abril de 2009

Juguemos de a dos (Sueño del Hombre celeste)

Fue todo como uno de esos sueños largos, placenteros, y hablados con una voz tan distinta a la nuestra, más vibrante, con el eco de mares extraviados en el fondo de las caracolas. Una voz desconocida pero a la vez familiar, parsimoniosa y reconfortable. Un sueño de un hombre celeste, donde el cielo se ve aplastado por colchones acuosos a punto de exprimirse en lo alto sobre nosotros, no sin darnos tiempo a correr en busca de un resguardo a la anunciada lluvia que vendrá a perfumar con el aroma del pino y las entrañas del rosado ladrillo de la tierra, que burbujeante poblará a las narices de festejada omnipotencia. Esas narices que absorberán como nunca el fulgor que brota de aquella naturaleza homenajeada por un cielo generoso, que empecinado en alimentar a esta verde diosa, irá envileciéndola con su vanidad de floreciente vida, para que luego se extienda con total arrogancia a lo largo y a lo ancho de los campos. Es un sueño donde el aire es caliente y a veces se ve abofeteado por pequeñas ráfagas cosquilleantes para los cortos pelos que crecen al costado de las manos. Un aire estancado, que resopla de a ratos, solo para susurrarnos versos inaudibles al ladito de la oreja.
Sin embargo el hastió de esa tarde que vitupera la ansiada lluvia para el campo, nos tiene aburridos a los dos, sentados sobre una de esas mesas hechas para los jardines de las casas de verano, con coloridas incrustaciones cerámicas, donde cientos de piedritas desteñidas por el sol, se chocan unas con otras, para dar forma mediante su unión azarosa a una especie de rompecabezas diabólico, que viene a recubrirla totalmente.
Enfrentados ambos, sentados a un costado de la mesa, que en el medio exhibe un antiguo tablero de ajedrez, conformado por pequeños azulejos amarillentos y turquesas. Parecemos una feliz pareja.
Casi sin meditarlo, decidimos improvisar una partida, para huir al tedio que se apoderaba de la atmósfera expectante por el agua que aún se hacia esperar. Las piezas inexistentes para comenzar el juego, fueron fácilmente suplantadas por lo primero que teníamos al alcance, sobre la mesa. Decidí que un par de saleros representaran a mis Torres, mientras que vos fuiste a buscar dentro de la casa unos frascos de pimienta negra, para tener también tus Torres. Tú Reina fue una botella de Coca Cola, mientras que la mía fue una de Fanta vacía. Un par vasos telescópicos, como los que llevaban en décadas pasadas los chicos a las excursiones del colegio, se encargaron de cubrir el lugar de los alfiles. Mis vasos o alfiles, como quise llamarlos en ese momento, eran de color naranja, mientras que los tuyos fueron azules. Encontrar los peones fue lo más sencillo, bastó con repartir ocho aceitunas para cada uno, verdes las mías, negras y rellanas de morrón las tuyas.
Así pasamos un largo rato, comiéndonos unos a otros las suertes de figuras emulatorias de aquel arcaico juego de guerra. Algunas veces hasta podríamos decir que fue literal el hecho de comer las figuras, sobre todo a penas se largó la partida y cambiamos peón por peón, para alivianar el tablero.
Nos olvidamos de la soledad que imperaba hace un rato en nuestras almas enfrentadas sobre la mesa, y juro que nos divertimos, y disfrutamos como chicos ese momento ridículo, en que éramos solo nosotros dos jugando. Sin embargo las primeras gotas que se hicieron camino entre la maraña de pelos, hasta acariciar fríamente el cuero cabello, vinieron a anunciarnos que era imposible seguir con esa farsa. Las improvisadas figuras desparramadas en el tablero, luego de todo ese tiempo de intensa lucha, eran irreconocibles. Fue inútil tratar de identificar tu alfil, o que vos recordaras que la botella de Fanta se trataba de mi Reina. Recién dimos a cuenta que hay cosas que no pueden ocupar el lugar de otras que fueron hechas únicamente para cumplir la tarea de eliminar rivales avanzando en diagonal, en línea recta, o saltando en “L”. Y antes de empaparnos, aunque ya algo mojados, dado que esa lluvia era el segundo designio de esa tarde de ensueño, del que no pudimos escapar. A pesar de nuestro esfuerzo, juntamos lo poco que quedaba en la mesa, para ir corriendo hasta la casa. La lluvia ya desatada había finalizado la partida de un juego que desde el vamos comenzó repleto de carencias, y sin remedio alguno quedaría inconcluso.
Y saben una cosa, a ninguno de los dos nos importó.


viernes, 6 de marzo de 2009

La espera del hombre celeste



Fue así que el aquel hombre dueño del mar aguardó el apercibimiento de su eterno amante, que no es otro que el inconmensurable cielo, que hoy se ve enfundado en un grisáceo pelaje lanudo, que inspira un punzante desamor; una clara certeza de repugnancia por todo lo que lo rodea. Allí mismo es donde hallamos el umbral de las divinidades, y la pureza eclesiástica, el ámbito donde conviven la serena brisa veraniega y la furia incontrolable de salvajes torbellinos, que llevan adelante la sencilla tarea de destrucción, estimulando la ardua y tenaz labor de perfeccionamiento en el hombre, que se impone ante semejante inclemencia con la fuerza y la obligación de refundar todo aquello acometido por esa violencia desatada, y construir un renovado mundo sobre los escombros del ayer.
El hombre celeste, se ha cansado de esa alargada espera, ávido del profundo desinterés de parte de su amado cielo, que yace espejado en el cristal de sus aguas, y disfruta obscenamente el despliegue de la belleza de su elocuente gama de colores, con total vanidad. Fue así como ese hombre dueño del mar, aceptó su triste realidad, y decidió alejarse de su amor no correspondido.
Primero lo intentó viajando a las profundidades de sus aguas, donde las penumbras lo envuelven en un su frío manto, simplificando la penosa tarea del olvido.
Luego probó por el cambio de destinatario a la hora de ofrecer su amor más sincero, y eligió a la arena de la playa, la misma que ha vivido enamorada del antes indiferente hombre celeste que la acariciaba diariamente, con su afable y enternecedor oleaje sobre sus costas, desde la génesis del mundo.
La arena había alcanzado el corolario de su estadía en esta tierra, maravillada de ostentar con el amor, por el que imploró durante siglos, y por el que jamás había conseguido una mísera atención.
El mar al igual que la arena por primera vez recibía una retribución por parte de su amante, sin embargo un profundo dolor amenguó la braveza con la que el hombre celeste le da vida a sus aguas. A medida que la arena brillaba en un fulgor resplandeciente aumentaba la dicha del paisaje, ensanchando su costa. Cuando ésta crecía pintando un cuadro donde el amarillo se transformaba en el color preponderante, la marea bajaba cada vez más su nivel. El mar inmerso en la hipocresía de ese falso amorío, empezó secarse y a oscurecer sus aguas que salpicaban de muerte a los animales y algas que lo habitaban. Al mismo tiempo la arena de la enorme y ensanchada costa, reverberaba sublime ante la mirada atónita de los desafortunados pescantes. Fue así que el hombre celeste no soportó más eludir a su verdadero amor, -El cielo-. Mientras el éxtasis y la algarabía se adueñaban de la playa, éste lloró.
Su enfermizo y desgarrador llanto hizo crecer nuevamente al mar, acotando el despliegue de la costa, para volver a fundirse en el horizonte con el diáfano cielo, reflejándolo como solía hacer desde un principio.

domingo, 8 de febrero de 2009

El viaje del Hombre celeste

El hombre celeste, se divierte hundido en las profundidades de su frío manto. En su éxtasis logra espejar de manera incondicional a su eterno e indiferente amante milenario.
A medida que se sumerge va poblando de sombras a todo su alrededor, y en su constante viaje submarino, las penumbras se tornan amenazantes, y la certeza de soledad es más que evidente.
El hombre celeste baja la temperatura de su cuerpo, y el mar calma su braveza, de éste modo el oleaje decrece, y amengua las caricias diarias que esperan ansiosas las rocas y la arena de la costa. Es así que durante ese viaje a las profundidades, ese hombre dueño del mar logra ensuciar con el tinte del olvido, a los recuerdos de su amor no correspondido, que se mantiene impávido en la inconmensurable franja azul, que envuelve al globo, y libera a las aves en un vuelo resplandeciente.
Sin notarlo, la arena en la playa atraviesa la misma suerte que aquel hombre olvidadizo, y durante esa ausencia plasmada en la irreverencia de sus olas, la arena vuelva sonreír y reverbera en un dorado triunfal. En ese instante ha borrado de su existencia el penar que produce el adamantino toque del hombre celeste, que enamorado del cielo no alcanza a intuir la pasión de cada uno de sus amarillos gránulos.





lunes, 2 de febrero de 2009

La Existencia del Hombre Celeste

Estaba recostado en la arena de la playa, cuando veía hundirse en el mar la incandescente gema del ámbar que encendía el cielo, el amor imposible de aquel hombre dueño del mar.
El mar se hizo inmenso, por el solo placer que significaba reflejar ese espacio celeste, gris, a veces dorado, y hoy en un furioso carmín, ámbito que encarceló a todas las aves. El mismo que roba pequeñas porciones de su agua salada, para que ella dance espumosa en el aire, teniendo cortos amoríos, que mueren con el llanto de estruendosas tormentas.
Es así que esa pasión desatada en los cielos, se ha repetido por la suma infinita de los días, que han dado vida al mundo. Su fruto ha enamorado al hombre celeste, que espera ansioso la decisión de su amante incondicional, por robarle ese pequeño tramo de su esencia, para devolverlo a sus profundidades cuando da por satisfecho su deseo amatorio.
El hombre celeste se ha acostumbrado a vivir condenado a esa espera atroz, y se distrae tallando las piedras de las costas, derribando pequeños cangrejos, en sus cortas excursiones por las orillas del mar, haciendo cosquillas en las panzas de enormes manatíes, y acariciando la arena de la playa.
La arena sin querer, se ha enamorado de aquel hombre, acostumbrada a recibir su toque adamantino, tras el repiquetear constante de sus olas, logrando enternecerla durante cada crepúsculo. Sin darse cuenta el hombre celeste es también culpable de ocasionar la misma desdicha que él sufre.
Y yo sigo sentado en los medanos, cuando el sol está por apagarse debajo de esa inmensa línea horizontal, que vincula a aquellos dos amantes arcaicos. Tomo un puñado de la arena, que subsiste con el peso del engaño, y de forma inmediata se desliza por los huecos de entre mis dedos, para caer de nuevo en la playa. Allí espera ansiosa la caricia del hombre celeste, que permanece impávido reflejando en el cristal, al hermoso cielo en su total esplendor.