domingo, 13 de diciembre de 2009

Y fue en sus tiempos la reina del Montmartre...

Lo único que supe es que no podía resistir la tentación de abrir la blanca puerta de una habitación, en donde sabia que estarías hundida entre las sabanas inundadas con el olor del sexo. Lo último que quería era verte, pero sin pensarlo mucho, mi mano se enfriaba con el metal del picaporte que empezaba a girar hacia la derecha.
Fue lo último que verdaderamente supe, antes de que mis ojos vean los cables grasientos y encintados del portalámparas, que cuelga del hueco despintado, en el techo de mi pieza.
Sentí mucho calor, y esa corta sensación que uno trae medio de contrabando desde aquella otra habitación que te enfría la palma, al ingresar en ella. Ahora que uno sale de la misma de improvisto, está en otra habitación con las manos sudadas. Puede que sea un tanto raro... pero este componente efímero, hasta me hizo creer que ya había amanecido, con toda esa luz que tiñe de anaranjado el ambiente. Me asusté pensando que desperté tardísimo sin ir al trabajo siquiera, cuando en realidad se trataba de una truncada siesta de valla a saber que tarde de noviembre. Después a enjuagarse un poco la cara en el baño, y vaciar el frasco de Nescafé abajo del lavabo, que ya se llenó de agua otra vez.
Mañana capaz arregle esa gotera.