martes, 17 de febrero de 2009

Buche prodigioso

Los colibríes machos en épocas de apareamiento liberan una encarnecida lucha en afán de hacerse con una de las codiciadas hembras, que escasean en las concurridas bandadas que sobrevuelan los coloridos ligustros, del pabellón de quemados del hospital alemán. Esta batalla por lograr la atención de la amante en cuestión, se produce por medio de una caballerosa puja, que alzará al más apto de los machos, con el placentero derecho de fecundar, conservando su estirpe.
La elección por parte de las hembras se inclina hacia el pajarillo que posee el mayor buche, producto del mejor desempeño a la hora de libar el néctar de las flores colgantes, de estas enredaderas que envuelven los paredones, en unos de los patios interiores de aquel recinto hospitalario.
Es así como los machos se esfuerzan por vaciar el contenido resguardado entre esos pétalos amarillentos, anaranjados y violáceos, que se esconden en las alturas, para hacer más trabajoso su fragante aleteo, por el que elevan su pequeño cuerpecito, que gotita a gotita, va creciendo hasta regodearlo en esa esfera suspendida en el aire. Esa esfera regordeta irá describiendo una escueta orbita lunar, que lo llevara desde una lila que asoma de la mitad de la pared, a un crisantemo a la orilla de una arcada, ya vacío por otro competidor que le ganó de mano.
Muchos colibríes se desesperan por llenar su buche del preciado néctar, sin reparar en el peligro que conlleva alzar su cuerpo, cada vez mas pesado, hasta los inalcanzables brotes de las cumbres, donde los capullos vírgenes, todavía no han sido alcanzados por los sedientos picos, de los demás competidores. Allí sus eufóricos aleteos van cediendo con el cansancio. Sin embargo en su desesperado fin, de conquistar a su hembra que aguarda cautelosa por los buches más radiantes, el colibrí agotado, con sus alas acalambradas, en muchas ocasiones rompe su hegemonía de satélite suspendido, para caer sin escala alguna, de lleno sobre las acanaladas baldosas del patio. Otros menos afortunados, sufren colapsos cardiacos, tras la agitación de su diminuto corazón que se ve sobrepasado por el ritmo de un vuelo estrafalario.
Son pocos los machos colibríes que logran el título que la hembrea exige para aparearse.
Desde el banco de este jardín central, un chico con su cuaderno azul, escribe sobre la guerra desatada por estos amantes alados, que luchan frente a él. Allá más adelante, donde está el verde paredón del ligustro, que explota de primavera.
Y él escribe sobre aquello, porque es otra forma de llenar de belleza a sus hojas de cuaderno, que nadie lee. Y que importa si no se rompe el cerrojo de estas palabras, escondidas tras el cartón azul de la tapa, porque esta belleza seguirá creciendo en su interior, engordado aun más su buche de deseos mudos e inertes.
Sigue escribiendo sobre el amor de los colibríes, y su belleza escondida ya es tan grande, que resquebraja la piel de ese buche que acalla tantas palabras prisioneras de su cuaderno.
Palabras destinadas a morir sin experimentar la humedad de una voz que se digne a leerlas.
Y así llega el mediodía, y la resquebrajada piel, ya no puede contener el crecimiento de semejante belleza, y se agrieta hasta el punto en que empieza a sangrar.
Ya es hora de cambiar los vendajes...



2 comentarios:

Sol dijo...

no sé exactamente para qué es todo eso, pero nosotros hacemos lo mismo, o no?
a veces me parece maravillosamente cruel.
otras veces solo me parece cruel.
y si fuera de otra manera, tendria menos sentido del que tiene, creo.
pero lo escribiste lindo :D
y no sé si se habrá entendido este comentario, o el ultimo post de mi blog, pero si queres te explico masomenos x)
gracias por pasar por mi blog, saludos.

DIANA-CHAN dijo...

estube con la cara muy de tonta leyendo esto ....

no me imagines por favor.

saludos