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domingo, 2 de octubre de 2011

La rubia que era peligrosa

En el hotel, se escuchaba desde lejos, al tren acercarse a la estación Villa del Parque, era lo único que me hacia acordar de todas las demás personas que existen afuera y también respiran con el aliento de los otros. Después era solo girar en la cama y que no existiesen más.
Y cuando el sol del sábado, inundó la pieza, me acuerdo, que te pregunté una sola cosa antes de que te bañes para sacarte toda la noche de encima.
Me contestaste que ya sabias que eras linda para todos.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Un Número de telefono

Hace tanto que no nos veíamos, que no aguanté y te volví a llamar. Lo conseguiste demasiado fácil. Vos me intimaste, viniéndome a buscar, al enterarte que en todo este tiempo de plena ausencia, yo había conocido a Melisa.
Supe que el orgullo de las minas es bastante fuerte, y que no podías bancarte el hecho de verme con otra.
La jugaste bien, como cuando tenes una buena mano para el envido, y sin deschabarte el tanto, te aguatas de cantarlo, para tener vos el “Quiero” después.
Y ganándome con 33 de mano, te fui a buscar.
Garchamos. A la mañana el beso rápido, y –cuando llegues llamame así hablamos-. Después cada uno a esperar su colectivo, a cada lado de la calle. Desde enfrente tiras un beso cuando te subís al tuyo, mientras sigo esperando a que llegue el mío. Te veo sentarte del lado de la ventanilla, y después de guardar las monedas me sonreís , antes de que el bondi arranque...
Creo que esa noche fue cuando quise pedir una docena de empanadas, para la cena, y no encontraba el número de “El noble repulgue” (que es el lugar a donde siempre llamo cuando pido empanadas), así que se me dio por llamar al que figura en uno de los imanes de la heladera.
Era un imán de color verde, de un local llamado “EMPANATA”. Llamé resignado, sabiendo que probablemente nadie me atendería. Ahora que me acuerdo, ese local dejó de existir hace rato, porque las veces que había marcado el teléfono sonaba de forma incansable, sin que alguien atienda. Fueron mínimo 3 las veces en los últimos meses, en que había marcado ese número sin encontrar ninguna voz detrás del tubo.
-Llamo , total no cuesta nada, que se yo!-, Por ahí estaban de vacaciones, o haciendo reformas , o en una de esas sin trabajar los días feriados.. Hubieran sido demasiadas las coincidencias que se tornaron las veces que decidía llamar a EMPANATA. Sin embargo, volví a marcar el número. Está vez, una chica me atiende y me toma el pedido, diciéndome que la docena me costaría $23, y en menos de media hora estarían tocándome el timbre.
A penas corté, me resultó extraña la llamada, porque el local existía a pesar de las veces anteriores en la que fue imposible comunicarme, y además el costo de la docena es irrisorio, ya que acostumbro a pagar en cualquier parte no menos de $35.
Al rato llega el chico del delivery, con unas empanadas que además de baratas, eran enormes y exquisitas, sin dudas las mejores que había probado en todo Ramos Mejia.
Hay algo que no anda bien, estaba seguro de que ese local no existía más, no podía ser que las otras veces nunca atendieran cuando los llamaba por teléfono. En realidad es un local que no recuerdo haberlo visto en la calle, lo conocía solamente por el número que figura en el imán pegado de la heladera. Imán que ni siquiera se como llegó a mi heladera. Ahí también figura su dirección, sobre la av. San Martin, aunque la numeración no se puede leer, ya que se encuentra borroneada, por gotas de agua o aceite, que le habrá caído alguna vez (Con fineza se distinguen 3 números, que indicarían que el local de EMPANATA, se ubica mínimo entre 10 cuadras, sobre esa Av San Martin, que empieza en la estación y alcanza el 1000 cuando llega a la plaza Bomberitos)…Creo que una sola vez vi el local. Por ahí tengo un vago recuerdo de su marquesina, ya reemplazada por otro negocio en al actualidad. Si es el negocio, en el que pienso, estoy seguro de que existió..Pero que hoy no está más. Sería capaz de asegurarlo, sin ningún fundamento sólido, y menos ahora que una chica me atiende, y me manda el pedido.
El hecho que el precio de la docena, sea tan bajo, me provoca una sospecha ridícula. Pongamos que en todo este tiempo en el que era imposible comunicarse, fue porque lógicamente EMPANATA, cerró hace un par de años,(como creía hasta hoy a la noche) y el local quedo vacío. ¿Puede ser que por alguna falla, del universo, se provoque un quiebre espacio-temporal, que me permita comunicarme con el pasado inmediato?, Pasado que evoca y palpita los acontecimientos propios, vividos hace un par de años, donde el local de EMPANATA, atendía a sus clientes y manejaba ese rango de precios para sus docenas. Fruto de la carga inflacionaria de la época.¿Quién seria capaz de vender una docena a $23 hoy en día?.
Los endebles pilares de mis sospechas están entablados únicamente, sobre esa suposición.
Quizás sea cierto que los empleados y dueños de EMPANATA, permanezcan encerrados en su local, viviendo 2 años antes que nosotros, prendiendo la tele y viendo a San Lorenzo festejar el campeonato de Ramón Díaz, o averiguando las listas de los padrones, para votar dentro de un par de meses a Lavagna como presidente de la nación.
Capaz, logre traer desde ese pasado reciente, por lo menos una docena de empanadas. Tal vez por mi perseverancia, en seguir marcando ese numero, que durante tanto tiempo se me negaba.
No es virtud de Quijotes hacer frente a estas pequeñas causas perdidas como las de rescatar locales de comidas cerrados hace un par de años, pero se que por mi empeño logré traerme de aquel espacio olvidado, preso en vaya a saber que dimensión de tiempo, aunque sea las mejores empandas de Ramos Mejía.
Me acuerdo que esa misma noche cuando terminé de comer, te llamé como me habías pedido, hasta que me cansé de escuchar sonar tu teléfono, y me quedé dormido.
Al otro día fue levantarse temprano para entrar al laburo, y cuando me quise acordar ya era jueves, creo que hasta había empezado octubre, porque me di cuanta que me había vencido la boleta de Edenor, Y no volvimos a hablar, después de tu sonrisa arriba del bondi.
Esa noche vaya a saber de que dimensión, ubicada en un universo antiguo, que atrasa algunos años, se había escapado algo más que una docena de empanadas.

jueves, 21 de mayo de 2009

De la mano...

Veníamos discutiendo por la calle y a la vez seguíamos tomados de la mano. No aprendí a soltarme todavía. Me acuerdo de esa imagen, cada vez que me bajo del colectivo. Casi siempre el chofer termina arrancando antes que decida bajar el último escalón para alcanzar la lejana vereda. La firmeza del pasamano que me sostiene, dibuja aquel momento todas mis mañanas. Quizás esté surcando los terrenos de la locura al aparejar el recuerdo de tus manos con la protección que me brinda el barral manoseado del bondi, y de ser así, ya no me parecen tan desabitados ni misteriosos esos lugares donde no se condenan a las excentricidades.
Escuchaba tus palabras y sentía una repugnancia atroz que me incitaba a guardar silencio. Rememorar cada una de tus frases, y desmenuzarlas en oraciones para soslayar las palabras más crudas e hirientes, que aun hoy retumban en mi cabeza, fue solo en post de acrecentar ese desprecio que me nacía al oírte. Después a modo de justificativo me pedías que te explicase para que te quería, (O mejor dicho cuales eran mis intenciones con vos) mientras yo seguía callado, caminado hacia el hotel y sin soltarte de mi mano, sin entender la razón de tanta crueldad, (si hay algo que jamás pueda llegar a ser necesario, es la elección de ser cruel).
Sabes una cosa.., ¿Nunca te pasó alguna vez? ; ver algo todos los días y pensar que aunque sea demasiado conocido, evidente, o repetido, nunca vas a llegar a entenderlo del todo. Sospechas que hay algo que excede al registro de tus ojos, que está ahí, pero no lo alcanzas a ver, aunque lo puedas sentir. Existe pero te es ajeno.
Todas las noches volviendo del trabajo, miro el jardincito que está adelante de la casa de mis viejos. Es el mismo de siempre, tan chiquito y poco especial, obra de un arquitecto desquiciado con el afán de robarle una pequeña porción de verde a esa diminuta superficie otorgada a la imaginación de sus planos. Sin embargo cada vez que lo veo, tengo la sensación de que abajo de esa tierra aplastada se esconde algo antiguo, un tesoro que pregona la buenaventura de quien ha de hacerse con él, un regalo oculto a centímetros del suelo que espera por ser descubierto, pero no por cualquiera, espera que yo lo descubra. Sé perfectamente que si remuevo un poco esa tierra, con algo de pasto a sus costados, y salvajes plantas de oscuras hojas redondeadas, voy a toparme con él. Hasta un limonero sin limones, que milagrosamente brotó de la semilla que mi hermano plantó alguna vez, adorna ese jardín. Su tronco firme, se engrosa con los años, a pesar de a haber crecido enano, tras el cerco de las altas paredes de los edificios, que cuartan la libertad de sus nobles raíces.
En ese paraíso escueto de flores marchitas, regadas por el gotear constante de los desechos del aire acondicionado del vecino del piso de arriba, también crecen los limoneros, los limoneros que no brindan limones, por lo menos.
Podes creer que cada vez que estoy por entrar a casa miro ese paisaje moderado y empobrecido de esforzada naturaleza y estoy tentado en revolverlo, para darme cuenta que es verdad aquello que imagino, que existe en su interior, y es hermoso. Sin conocerlo sé que me va sorprender como nunca he de sorprenderme por nada, y por sobre todas las cosas lo sentiré mío. Pero lo miro así nomás, y con cierto desgano elijo estar de nuevo en mi casa, sentado adelante del televisor. Me doy cuenta que no importa revolver o cavar 3 metros bajo la tierra, me dejo envolver una vez más por la realidad que impera en ese acostumbramiento de las grandes urbes. “Ahí abajo no hay nada” suelo repetirme cuando esas ganas de explorar el miserable terreno me invaden en el hall de la puerta.
¿No es común que te detengas un minuto a pensar en eso y darte cuenta que a vos como a tantos otros también les pasa?
Me miró con una marcada indiferencia y al instante nos soltamos de las manos. Luego de haber caminado varias cuadras, ya habíamos llegado al hotel.

lunes, 13 de abril de 2009

No me cabe



Hay algo que siempre me pareció desagradable, y creo que a ella también se lo dije, un día que esperábamos juntos el colectivo, en la esquina de su casa. Siento rechazo por esos besos largos, acuosos, y desesperados, donde las lenguas pulsean hasta acalambrarse. Odio que esos besos se den en las veredas más caminadas, ahí en el mismo lugar donde hay una panchería abierta, los chóferes hablan del partido del domingo y los chicos salen del colegio en guardapolvos. Sinceramente mi desaprobación a esos besos, es a toda hora, y te lo aclaré ese día que me acompañaste a la parada del bondi, mientras estábamos sentados en el escalón de una casa, y fingía jugar divertido con tu perrita blanca, a pesar que es un animal muy antipático.
Creo que nuestras caminatas eran de lo más obscenas, hasta el punto en que esos besos sobreactuados quedaban exentos en ellas, vos estuviste de acuerdo conmigo en lo de ese tipo de besos, también los rechazabas de forma oculta.
Otra noche, en la que volvía de Palermo en un taxi con Mel (...Mel es otra mina). Me dio no se qué, decirle de parar en el telo, abajo del puente de av. Córdoba, cuando pasamos frente al edificio… No pude proponérselo, la conocía poco, así que seguimos y terminamos en un bar de lo más berreta, cerca de la casa de ella, donde algunos bailaban con los temas que elegían en la rockola. Serian como las 5 de la mañana, cuando me harté de las cervezas, y las charlas moribundas, cuando salimos para quedarnos parados un rato más, apoyados contra la vidriera del mismo bar. Y otra vez su aliento diluido en el mío, ambas bocas inundadas, manosearle el orto, y algunos dedos que ya sorteaban el pantalón. De pronto levanté la mirada y vi a un gordo que desde la ventanilla de un Ford Falcon me hacia señas agitando una de sus manos, que entrecerrada describía perfecta el bombeo constante de un inflador. Como diciendo “te la vas a empomar!”
Y ahí sentí la vergüenza de mi retórica anterior.
Por esos nuestros paseos obscenos jamás me avergonzaron.





*Creo que eso de "paseo obsceno", me suena a canción de Cerati..Que vergonzoso, es eso también

lunes, 30 de marzo de 2009

Es el FINde amor!

El viernes a la tarde salía de dar clases en el conservatorio.. Y ya sabía que lo primero en hacer, seria llamarte después de varios meses.
Mientras caminaba para tomarme el tren, creo que sentía miedo y no quise sacar el teléfono, así que esperé un poco, para llamarte desde casa más tranquilo, sin el ruido de la calle de fondo. En realidad no me molestaba el ruido, fue una simple excusa para postergar más esa llamada. De eludirte, como hice siempre, en verdad.
Te llamo, y suena, suena , suena , suena..Cuatro veces suena y me atentes con voz de mina que duerme a las 6 de la tarde de un viernes…y lo primero que se me ocurrió decirte al escucharte es que había sacado tu teléfono de los clasificados del diario...de un aviso que decía “colegiala te hace la fiestita de fin de año”, alguna pelotudez por el estilo, de las que suelen disfrazar mi buen humor. Me cortaste al toque.
A los dos segundos me llamas vos y escucho: “Diego??? Sos vos?”.
Me bañé y la noche me tome el colectivo para ir a verte.
Creo que entramos a un bar al que ya habíamos entrado hace mucho…pero esta vez elegí ir a una mesa, en vez de los sillones que solo facilitan la cercanía, que me quema demasiado todavía.
Mis manos por demás nerviosas recorrían de atrás para adelante , y de adelante para atrás, la carta que la mesera nos había dejado..Solo para después pedirme una cerveza para tomar. O gastaba la piedrita de tu encendedor, mientras vos elegías acariciarme los pelos del antebrazo, diciéndome que me veías lindo y que por favor me quedara quieto de una vez.
(Por esos días, me acuerdo que le había contado de ella a Santiago, y entre risas le comente que el fin de semana tenía ganas de verla solo para acabarle en la cara).
Nuestra charla esa noche no fue muy buena que digamos, aburrida sobretodo. Creo que lo mejor era levantarse e irse de una buena vez. Entre reproches, apenas pisamos la vereda le dije que por su culpa al final no había comido nada, y me estaba empezando a doler la panza, total ella vivía ahí nomás y venía comida de la casa. “Bueno vamos enfrente y te compro un pancho en la estación de servicio”. Y acercándonos al cordón, te abracé…pero bien fuerte para que sientas todo mi cuerpo contra el tuyo abrigado de rojo..Hacia frió esa noche y sabia que en algún momento la iba abrazar. No esperé la mejor ocasión para hacerlo, iba a pasar simplemente, como pasó siempre todo entre nosotros. Te sentí gemir muy bajito, cerca de mi oído que se humedecía.

Para que después no halla ninguna pasada de factura, dejaste que el primer beso te lo diera yo. “vamos a dormir juntos?” me preguntaste sonriendo…Y sí, que vamos a dormir juntos, después de todo es viernes.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Viajes















Arriba un espejo, y el reflejo de la tenaz hipocresía.
Bastaba levantar la mirada y ver como las filosas sabanas de hojalata se enroscaban en tus piernas de porcelana, las mismas que altaneramente me aprisionaban tornando pétrea mi estadía en ese áspero colchón de cuero oscuro, que a esa altura ya había escapado de aquel abrigo metálico.
Eran de porcelana!!, y fue lo primero que vino a revelarme ese universo de infinitos cambios que avanzaron de forma irrebatible entre los dos. Sin que nos diéramos cuenta, que lejos había quedado aquel verano de nuestro último encuentro, que hasta tu color me llevó. Ahora tus piernas son de porcelana...

Sin embargo la imagen del espejo es la tuya, hoy ya dueña de sueños inciertos.
Adamantinos serpenteos en tus brazos celadores, que sin proponérselo me envuelven y obligan a ser testigo de aquel espejo que todo lo simplifica en una imagen, la del triunfo de tu suave letargo sobre mi vigilia inclaudicable.

Me pregunto de quién serán todos estos campos, ¿No hay toros entre todas esas vacas que lo habitan?, la mayoría son de color negro y reposan sobre sus enclenques patas dobladas.

Me es difícil entender esta situación, estas a mi lado y te siento tan vulnerable con tu ligera y entrecortada respiración que perfuma con tu aliento el ámbito sudoroso, donde olores genuinos son vencedores de estrepitosas fragancias destiladas en aquel poco distante, primer abrazo del reencuentro.

El sol calienta el vidrio que seccionando la blanca luz en su completa gama de colores, provoca una resolana que da de lleno sobre mi rostro, calentando la desgajada piel a causa de las sales marinas.

El recorrido es interminable y el paisaje repetitivo hasta el hartazgo. Pequeños baches salvadores son las de lagunas improvistas de grandes o llamativas vidas que la habiten, quizás bebederos del ganado. Más adelante una osamenta putrefacta, y a lo lejos un par de juguetones cabritos.

Es increíble que el cansancio te halla ganado de tal manera que seas dueña de ese sueño placentero, que transforma esa vacilante respiración en pequeñas apneas hijas de una total seguridad, que a la vez aprisiona con mayor poder a mi inmovilizado brazo izquierdo, que empieza a experimentar un cosquilleo desdeñoso que elijo soportar sin ningún atisbo de abandonar mi posición que osaría con interrumpir la parsimonia con la que descansas. No pecaría de vanidad a decir que tu sueño es el fruto de saberte porfiada y protegida por mi sola presencia.

Pequeños ranchos con pintadas en colores patrios, hacen campaña por el concejal De Jesús, y algunos carteles de productos de consumo masivo, como aceite o alfajores, son los primeros anuncios de la cercanía con la providenciada civilización.

De fondo el repiqueteo de los hierros de la vías que pasan por la estación Villa del Parque, son el telón que brinda una profundidad mayor a este sosiego que habita en el cuarto. El tren que irrumpe en esos primeros instantes de claridad de la mañana para llevar a tantos a sus empleos, soslaya como nunca a ese ensordecedor y hasta irritante silencio, del que ni te das por aludida enredada en la trama de tus sueños, de los que me sé ajeno y jamás partícipe de ellos, más no sea de alguna forma alegórica o lunar.

Al otro lado el paisaje es menos atractivo que en el de mi costado, que ahora por unos cuantos metros deja ver a una enorme planta potabilizadora de agua, que anuncia con total orgullo estar atravesando al partido bonaerense de Quilmes, como puedo mirar en una enorme marquesina con los colores de la popular cervecería.

Cuando decido abandonar el reflejo del techo, para ver tus entrecerrados ojos pegados a mi mentón, atestiguo la forma en la que desatas una lucha para huir de ese ensueño, entregando pequeñas pistas que asoman a la superficie de la realidad, enunciando palabras poco coherentes, como ser “Cacerolas”, “Cuadernos”, "perdoname",“Perdoname!!”


Buenos aires una vez mas, y ya cuando se ingresa a la autopista, los sabores son tan comunes y conocidos como la certeza de las nulas novedades con las que me he topado unos 300 Kilómetros atrás.

Un brusco y eléctrico movimiento te trae nuevamente a la oscura mañana del cuarto en la que te esperaba firme, sin sortear jamás la postura con la que me habías obligado a permanecer durante un largo rato. Sin darte cuenta volví a ser el primero en recibirte de ese fantástico mundo al que decidiste viajar sin mi compañía, me sonreíste y te devolví la mirada con el gesto más inexpresivo posible para no tener culpa en alejarme de tu cuerpo y sentirme cómodo de una vez por todas.

Aliviado de las ataduras de tus brazos carcelarios y con esa efímera sensación de libertad, no me quedó más que bajarme del micro, ya había llegado.















miércoles, 28 de enero de 2009

De la noche y el cigarrillo

Recostado con los ojos bien abiertos miraba el techo y se enrulaba con los dedos un mechón de su cabeza, mientras tarareaba una tonta canción de Calamaro, que sonaba de fondo muy bajito. El día había vencido, y los destellos de su cruel triunfo se abalanzaban por entremedio de las claras cortinas del cuarto, trayendo con su luz los detalles de una olvidada realidad.
La fumadora, que reposaba a su lado; preguntó: “En que pensás?”.
-Estoy pensando en nada!- , le respondió…
Ante esa evasiva contestación, ambos dieron paso al silencio.
Él ha dicho siempre la verdad, aunque su respuesta haya sido lanzada de manera inconsciente. Esa mañana sintió una inconmensurable sensación desconocida que se extendía sin límite alguno por su interior. Sentimiento extraño, inmenso, imposible de abarcar en cualquier espacio, de no ser infinito.
Sintió por primera vez el significado de “La nada” y alcanzó a distinguirla por una característica ineludible, que se abrió paso entre la comisura de sus labios. Como no enterarse de aquel intenso y agrio sabor que se apoderaba de su aliento. Esa “Nada” tenía el gusto de la nicotina.

lunes, 5 de enero de 2009

La voz de la mañana




Nada más faltó el dinero en la mesita de luz. Podríamos decir que fue la única trasgresión con la que amanecimos el domingo. Nuestras ropas desparramadas en la alfombra, la música al mismo volumen que cuando llegamos, y la ventana entreabierta. Todo trascurría con total normalidad, solo la inconclusa paga viene a romper con el natural procedimiento, de un acto que ha culminado hace horas. Nos mantenemos separados en esa acotada cercanía que propician los colchones cuando amenguan su temperatura, y enfrían las yemas de los dedos que audaces se arrastran buscando dibujar un abrazo que al instante cuartaremos, deteniendo su recorrido austero a mitad de camino.
Los placeres de noches de rimel, y perfumes dulzones que vienen a empañar las expiraciones de cuerpos agotados, nos descubren entrelazados, y presos de esa misma cárcel de algodón y fibra. Elijo el silencio, finjo estar dormido para evitar el dialogo, brindando una pequeña ayuda al postergado triunfo de la mañana, que vendría a terminar de una buena vez con mi tortura. Derrocharía toda mi
fortuna, en poblar de billetes tu cartera, y esfumarme de la habitación, para no oír tu voz, que por crudeza del azar, entre todas las voces, ha sido diseñada para que mis oídos vibren a una frecuencia perfecta, que no busco, y me cautiva mitigándome en su completa soberanía musical. Oír como articulas las palabras más comunes de tres o cuatro silabas, que elegís para introducirlas en las oraciones mas tenues y delicadas, que habrán de seducirme para siempre.
No puedo culparte de mi fracaso. Me preocupo por sortear todas las tretas que habrás de proponerme, o de cumplir a raja tabla las especificaciones necesarias para que esto no ocurra, pero es inútil, todavía no puedo dejar de oír.



Cuanta imperfeccion, pelos, tajos, mugre