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martes, 6 de marzo de 2012

Antes de prender la radio


Son las 00:28hs., el sueño no llega antes de las 2 de la mañana, para después dormir con suerte mis 5 horas diarias.
Hace un tiempo largo que me entretengo contando minutos, es lo mas parecido a acomodar en cajas la ropa que no voy a usar nunca.
Me entretengo buscando un orden en lo que no necesito. Al margen de mis 5 horas con suerte, para que mañana ya este arriba antes de que el despertador suene al costado de mi oreja izquierda, para así salir apurado a trabajar: desayuno, el clima, apenas un silencio y escupir el buche con dentífrico. Cerrar con llave la puerta, e ir sacando el auto al tiempo que me voy subiendo la bragueta del pantalón.
Quizás mañana pase Yanina, la vecina de la esquina mientras saco el coche del garage.
Imagino que los dos debemos ser muy distintos. Las veces que la veo temprano a esa hora que se repite, como se repiten las horas del almuerzo y la del sueño que no llega antes de las 2 hs. Ella pasa tranquila con su camisa blanca planchada desde anoche, camina hacia el centro de Ramos Mejía y va comiéndose un durazno sin pelar. La miro detrás del parabrisas, con mi aliento a café que me brota del estomago, y ella entretenida con su durazno, nunca se dio cuenta que con mi vencido disimulo, hago que no ando mirándola desde adentro, aunque no me salga del todo bien.
No se da cuenta y no me mira; simplemente porque nosotros debemos ser muy distintos

domingo, 2 de octubre de 2011

La rubia que era peligrosa

En el hotel, se escuchaba desde lejos, al tren acercarse a la estación Villa del Parque, era lo único que me hacia acordar de todas las demás personas que existen afuera y también respiran con el aliento de los otros. Después era solo girar en la cama y que no existiesen más.
Y cuando el sol del sábado, inundó la pieza, me acuerdo, que te pregunté una sola cosa antes de que te bañes para sacarte toda la noche de encima.
Me contestaste que ya sabias que eras linda para todos.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Y fue en sus tiempos la reina del Montmartre...

Lo único que supe es que no podía resistir la tentación de abrir la blanca puerta de una habitación, en donde sabia que estarías hundida entre las sabanas inundadas con el olor del sexo. Lo último que quería era verte, pero sin pensarlo mucho, mi mano se enfriaba con el metal del picaporte que empezaba a girar hacia la derecha.
Fue lo último que verdaderamente supe, antes de que mis ojos vean los cables grasientos y encintados del portalámparas, que cuelga del hueco despintado, en el techo de mi pieza.
Sentí mucho calor, y esa corta sensación que uno trae medio de contrabando desde aquella otra habitación que te enfría la palma, al ingresar en ella. Ahora que uno sale de la misma de improvisto, está en otra habitación con las manos sudadas. Puede que sea un tanto raro... pero este componente efímero, hasta me hizo creer que ya había amanecido, con toda esa luz que tiñe de anaranjado el ambiente. Me asusté pensando que desperté tardísimo sin ir al trabajo siquiera, cuando en realidad se trataba de una truncada siesta de valla a saber que tarde de noviembre. Después a enjuagarse un poco la cara en el baño, y vaciar el frasco de Nescafé abajo del lavabo, que ya se llenó de agua otra vez.
Mañana capaz arregle esa gotera.

domingo, 5 de abril de 2009

De Domingo

Lejos de la Southfest.
Durmiendo un poco de día soñé un par de cosas que me encantaron…pero como es sabido ahora que estoy sentado acá para escribirlas, se diluyen y dejan de importarme.
Es más, acabo de borrar los reglones que seguían a ese punto, porque en verdad el sueño es una bosta como para describirlo con sus detalles aburridos, que ya no me significan nada.
En mí sueño ayudaba a mi viejo básicamente, lo cual es raro, porque jamás sueño con mi viejo. Él es un tipo al que no me banco, trato de ignorarlo siempre, por más que me sepa una basura egoísta por esa decisión, es algo que no lo puedo evitar. Su manera de ser, simplemente choca con la mía, por eso llevo años alejándome.
En el sueño aparece una minita flaca, la cual desconozco.
Ella se ve atraída por mí, después de descubrir la generosidad con la que solucioné ese problema de mi viejo.

Me ve como a un tipo solidario y noble, por lo que puedo intuir detrás de ese lenguaje tácito, que nos ofrece el universo onírico.
Que ella sienta eso por mí, me hacia sentir muy bien, sin tener un por qué.
La cara de la mina una vez despierto se terminó de borrar. Creo que era linda, y tenia ojos marrón clarito, no lo sé...
A mi viejo hace unas semanas le cagaron mucha guita los de una consecionaria, en donde hace un año, había sacado un plan para cambiar el auto. Toda ésta guita la estuve juntando para comprarle el auto a mi viejo, porque él necesita cambiarlo para trabajar, sí o sí.
Sinceramente no me interesa tener auto, la plata se la doy porque en verdad la necesita.
En el fondo creo que si lo estoy ayudando en ésta,no es por él, sino es porque busco generar esa una imagen de buen tipo, en la mente de otra persona a la que de apoco también se le esta borrando su cara.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Hoy

Te la ingenias, buscas el lugar del cordón menos inundado, para pegar el salto con tus piernas bien estiradas y cruzar la calle..
Igual te mojas los pies, y sentís el frió del agua en las uñas…
Que importa, si ya no lo podes remediar, es lo que te toca… Todavía te queda todo el día por delante.
Ya empiezan las risas que siguen a los mismos diálogos de ascensor, que tengo con los otros, que ni me conocen, ni los conozco. Hasta les discutís y les haces ver que te importa lo que estás diciendo.
Ahora podes sentir el olor de tu pelo que chorrea.
Sobre las chapas de un toldo repiquetean las gotas, que llenan de murmullos a la charla que empiezo con Gabriela, que recién baja del colectivo y me encuentra ahí parado en la esquina. Me comparte el paragüas por esas dos cuadras, para que lleguemos un poco más secos al trabajo.
Es muy temprano todavía..
Ella no sabe que antes dormía de día, y era de perderme seguido.
Igual siempre fue fácil volver de los salados besos con resaca.
Y hundirse cada vez más en los abrazos de plástico humedecido.
Como nosotros por la lluvia.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Dualidad


A veces siento la necesidad de ser un canalla, de caminar cabizbajo evitando el saludo, hasta esconderme de forma inútil, tras la espesa barba de hace varios días, para no dignarme a cambiar aunque sea la mirada con los otros. Casi sin darme cuenta decido actuar de manera vil, mostrarme parco y descontento por cualquier cosa, o buscar la mejor forma de lastimar a quien distinga débil sobre mí.
Al desvalido que me rodea, desnudando sus carencias ante los ojos de los que vamos hacia el trabajo, verlo atormentado y reírme por lo bajo. Disfrutar como espectador de un cuadro circense, de quienes han de humillarse, de esos que se rebajan ante la mano del señor feudal.
Encuentro una mísera cuota de justicia en ser un canalla, cobrándome las desdichas de esta vida puerca que me ha tocado, siendo del mismo modo que aquellos que me castigaron.
Hoy fui caminando hasta la parada del colectivo a la primera hora de la mañana. Siempre siento un poco de frío a esa hora, como si el aire fuera renovándose, levemente humedecido para lamer los pelos de mis brazos descubiertos, luego de la camisa sin mangas. Imagino que a esa sorda ventisca, virgen de todas las narices de la ciudad, vos también la podes sentir, porque a esta hora ya te habrás levantado, e irás rumbo a tu trabajo del mismo modo en que yo lo hago.
Hay una chica delante de mí y me mira disimuladamente mientras busca algo en su cartera, me di cuenta por más que siguiera firme a mi postura de mantenerme cabizbajo, y apoyado contra la pared de un estudio jurídico que todavía está cerrado. Me apoyé contra los ladrillos del frente porque tenía bastante sueño.
Anoche dormí poco y mal. Me había costado bastante levantarme y caminar ese par de cuadras. Por un momento supuse que vos también sentías el mismo sueño que yo, y que de seguro reposabas contra la pared de valla a saber que otro local, de algún barrio lejano al mío. Quizás busques el acortado sosiego, descansando la cabeza contra la persiana de una tintorería o el tapial de un abandonado vivero, no lo podría saber nunca, por más que intuyera tú cansancio igual al mío, mientras el sol empezaba a entibiarme los brazos.
Anoche no dormí en casa. Al comienzo de la semana, como viene repitiéndose hace más de un mes, me quedo en la casa de Laura y de ahí salgo para la oficina. Me nombra, y me saluda con un beso, para despedirme. Lo recibo con la sequedad que trae el agrio sabor de los labios con los límites de la almohada.
Es extraño porque estoy seguro que vos también esperas el colectivo en otro barrio, delante de cualquier otro negocio, e incluso te veo partir con la misma amargura, luego de recibir un beso casi tan agrio, como el que Laura me dio cuando huí de su lecho.
Antes de ceder al cansancio alimentado por esa alargada espera matutina, escuché el chillido metálico de la cortina del estudio donde reposaba tranquilo, pensando en todas estas cosas. Pareciera que el estruendoso ruido del rodar de sus oxidados engranes, viniera a traerme de lleno a la realidad, aunque algún retazo de los vaticinios invasores de mi imaginario, se aferrara con las últimas fuerzas que le quedaban, a mi doblegado subconsciente. Mientras el local donde me apoyaba hace un rato, se iba poblando de luz, descubriendo los últimos recovecos entre los archiveros que se veían desde la calle, sentí tristeza. La tristeza del ciego que sueña su belleza, pero no tuve tiempo de saber si vos también la sentías…
Ya la chica de la cartera había parado el colectivo, y yo estaba agarrándome del pasamano de la puerta.

viernes, 6 de febrero de 2009

Temprano



Las manos heladas, el olor a transpiración, los labios resecos y la mirada cansada. Otra vez el espejo, la ropa en el piso, el café con leche y el diario de la mañana en la cocina.
A veces pienso que lo hiciste tan bien, que todos nosotros te creímos al pie de la letra. Por lo menos yo compré tu idea más mentada. Creo que ahora ya no sos igual, pero que importa que no vuelvas a inventarte, jugás actuando a ser el que nos vendiste, y no podes equivocarte jamás, porque todos aceptamos felices tu papel.
¿No existirá nada nuevo en el fondo del bolso, que cuelga de tu brazo?
Será cierto entonces que te tocó ser como te conocimos aquella vez, y de ahí en más te has esforzado por mantenerte fiel a un perdido imaginario. Esa imagen que sigue vigente en todos nosotros. Y como no iría a ser de ese modo, si lo haces tan bien, que es imposible hacerte algún reproche, luego de todos estos años…
Una y otra vez, actuando el mismo papel, mejorándolo en sus matices, histrionismos, en la acentuación de sus voces o silencios, sos tan perfecto que no me canso de admirarte, y cometo, sin darme cuenta, el mismo error cada mañana. Contemplarte durante esos minutos consigue retrasarme, pero ya no ha de importarme. Nunca he sido puntal.
Por eso cerrás el botiquín, te vestís un poco apurado, y otras vez el café con leche y el diario de la mañana esperándote sobre la mesa de la cocina.

miércoles, 4 de febrero de 2009

La mañana es asi...

Hoy empezaron las vacaciones, me di cuenta recién arriba del bondi esta mañana, yendo al laburo. Me es fácil conseguir asiento cuando están todos ocupados, me basta con quedarme parado un ratito al lado de un pendejo, que seguramente a las 4 cuadras se va a levantar, para bajarse delante de la escuela Nº 6, que está enfrente del club Bomberos Voluntarios. Cuando es temprano todo es más tranquilo, la gente es amable y hasta me gusta desearle siempre los buenos días al chofer cuando subo, y como debe ser son retribuidos de igual forma de su parte, porque como bien dije antes, las personas son más amables a esa hora. No es lo mismo decirlo a las seis de la tarde entre bocinazos y semáforos en rojo, que ahí cuando la discreta oscuridad va abriéndole paso a las voces pausadas de los informativos radiales, a los olores de panadería, al sueño de un gato apoyado en un tapial y al ruido de las persianas metálicas que descubren las humildes serigrafías en las vitrinas de los negocios.
El destierro adolescente de los asientos del bondi, vino severo a notificar, el fin de su actividad escolar, por estas dos semanas. Y que se le va a hacer… A menos que adiestre mi intuición de distinguir los primeros asientos a desocuparse, no va a quedar otra que resignarse a viajar colgado del pasamano hasta bajarme en la próxima parada en mí itinerario matutino, donde ya con las luces de los postes apagándose y las veredas manguereadas por los porteros de los edificios, espero la llegada del 113.
Hace unas semanas estando en ese mismo lugar a igual hora, me pareció verla bajar de un auto sobre Av. San Martín, cruzó corriendo y se tomó el colectivo que va para Ramos. No la pude ver bien, porque justo el semáforo abrió y los autos que avanzaban me la taparon, ni siquiera sé por qué vino a mí mente que podía llegar a ser ella, la vi de espaldas solamente, pero diría que su forma de caminar la delataba. De cualquier manera no entiendo porque su figura por ese pequeño instante se instaló de vuelta en mi cabeza, si yo nada más pensaba en el reloj, en las fotos de las revistas del puestito de diarios, o en comparar al viento que sufría ahí parado, con otros vientos de mis lejanas épocas escolares, que según parece eran mucho más fríos.
Me disgustó un poco que me invadiera en ese entonces. Reconozco que la mañana me tiene acostumbrado a la total carencia de emociones, y debe ser por eso que cualquier cambio me llama la atención. De otra forma ni me hubiese dado cuenta de que hoy no había ningún chico sentado arriba del bondi.
-La mañana es así!. Salís de tu casa caminas hasta la otra esquina y de seguro ahí va estar antes que vos la chica de la campera con puños de piel, con la capucha puesta. Un minuto después va a llegar la colorada que tiene la cara redonda parecida al príncipe de Holanda, para luego subirnos los tres al mismo colectivo, sin cambiar nunca una mirada siquiera, a pesar de conocernos hace meses. Una vez en el viaje en la tercer parada subirá el personal trainer, como suelo decirle por debajo, con el pelo corto peinado con gel y su costoso equipo de gimnasia. Ya bordeando la plaza, la rubia con sus jeans apretados, marcándole la cola, saca boleto de $1,40, y una mujer de unos cincuenta y pico que recién sube, saluda a otra que casi siempre viene sentada delante de todo, al lado de la máquina; mientras en el fondo otra de anteojos, que se mantiene ajena a todo su alrededor, lee y subraya hojas de curriculums, apoyándolas en el portafolio que descansa sobre sus piernas. Así es la mañana, por lo menos la mía, y la de mis acompañantes de viaje, de los que sospecho que también la viven igual.
La otra vez aquella que cruzó la calle apurada por el semáforo casi como una sombra, vino a anunciarme nuevamente la presencia de ella. Como un atisbo premonitorio, a lo que me tocó vivir hoy en el 113.
Hoy subió. Sí , hoy subió!!, yo venía parado en el fondo, la vi y era ella. Pero no me importó demasiado. Quizás porque no era, se parecía un poco nada más. De entrada me di cuenta que era otra, con otro nombre y otra voz seguramente, pero aun así me dije a mi mismo que era ella de vuelta, por más que estuviese conciente de que no. Llevaba el mismo abrigo antiguo. Era una especie de Cardigan gastado y rojo, ajustado con un cinto liviano, igual al que solía usar, y le describía mejor su cintura, que casualmente coincidía con la de ella. Lo cual me resultó rarísimo, porque no es una prenda de moda, es inusual que la vistan hoy en día. Por obstinación del azar, desde el fondo del pasaje, podía confirmar como coincidía su manera de contestarle con una leve sonrisa, al gordo que le sacó el boleto y le charlaba de cerca a su boca, mientras me daba la espalda, que también guardaba una íntima semejanza con la de ella, sobretodo por la forma en la que veía caerle por encima, la ondulación de su pelo rubio y descuidado. Tendrían las dos la misma altura, pero aunque nutría con cada uno de los detalles que le descubría, su tenaz parecido, era en vano pensar que se tratara de ella. Hasta traté de jugar un poco en el momento que la vi atravesar la puerta. Desde la distancia que nos separaba, buscaba mirarla con un solo ojo, tapándome el izquierdo por ejemplo, y levantando una mano, para cubrir una parte de su cara, la de su nariz criminal, asesina de mi ensueño. La nariz era lo único que legitimaba la diferencia con la personalidad que tanto habría de anhelar. Era demasiado grande. Por eso es que decidí seccionarle levemente su rostro con la ayuda de dos dedos frente a mi ojo derecho, que era el que permanecía abierto. Así que por el espacio que tardó el gordo que la acompañaba, en meter las monedas en la maquina, jugué al feliz engaño.
El resto del viaje, me dio la espalda, lo que me daba de vuelta un leve indicio de que podía llegar a ser ella para mí, otro ratito más. Apenas cruzamos el puente de la General Paz, los dos se bajaron, y de manera desesperada me fui contra una de las ventanillas, para mirarla por última vez, y verla integra reluciendo su enorme nariz y darme cuenta de que por fin se trataba de otra.





Era el mes de Julio creo...

miércoles, 28 de enero de 2009

De la noche y el cigarrillo

Recostado con los ojos bien abiertos miraba el techo y se enrulaba con los dedos un mechón de su cabeza, mientras tarareaba una tonta canción de Calamaro, que sonaba de fondo muy bajito. El día había vencido, y los destellos de su cruel triunfo se abalanzaban por entremedio de las claras cortinas del cuarto, trayendo con su luz los detalles de una olvidada realidad.
La fumadora, que reposaba a su lado; preguntó: “En que pensás?”.
-Estoy pensando en nada!- , le respondió…
Ante esa evasiva contestación, ambos dieron paso al silencio.
Él ha dicho siempre la verdad, aunque su respuesta haya sido lanzada de manera inconsciente. Esa mañana sintió una inconmensurable sensación desconocida que se extendía sin límite alguno por su interior. Sentimiento extraño, inmenso, imposible de abarcar en cualquier espacio, de no ser infinito.
Sintió por primera vez el significado de “La nada” y alcanzó a distinguirla por una característica ineludible, que se abrió paso entre la comisura de sus labios. Como no enterarse de aquel intenso y agrio sabor que se apoderaba de su aliento. Esa “Nada” tenía el gusto de la nicotina.

jueves, 22 de enero de 2009

Belleza escurrida


Es el efímero goce de esos sueños que vienen con la mañana, y te pegan a la almohada. Vienen a engendrarte la necesidad de saborear cada imagen que se irá sucediendo, en esta suerte de cinemascope que enmienda los retazos de situaciones irrisorias en colores sepia, sobre un ámbito de sabanas y colchón.
Igual ya estas tan curtido, que sabes que mientras estés lavandote los dientes, frente al botiquín del baño, ya todo aquello dejará de interesarte.
Describirlo? Es inútil, soy incapaz de contarlo con detalles, simplemente lo he olvidado.

domingo, 11 de enero de 2009

Carne


Mi miedo es al sudor. Se que cuando los cuerpos se detengan, y él se diluya en tu piel, estaré en peligro. Dormidas respiraciones vendrán a abrazarme, perfumando de aliento a mí yugular. Perfume podrido a carne muerta y fruta madura, brotará de tu vientre alimentando al aire que respiro.
Y tendido a tu lado me ofrezco de vuelta en sacrificio, rauda víctima de tu nocturna voracidad.
Me crees ajeno a la búsqueda que desatas sobre mi cuerpo para saciarte de sangre.
Resignado distingo entre sombras a los sonidos que devuelve tu boca que deglute, sumida en su total festejo de sabores.
Extasiada me devoras, digiriendo despaciosa a todas mis sustancias vitales que brotan a borbotones entre tus fauces. El inmenso dolor es uno, pero no hay quejas, todo sucede en silencio y a tu libre albedrío. La muerte presa de tu canibalismo es bella.
Luego la mañana.
Es extraño, pero no hay rastro alguno de sangre en las sabanas, ni en ellas se guarda registro de tu sudor reseco.
Que suerte tengo!, por un momento creí que estuve en peligro.

lunes, 5 de enero de 2009

La voz de la mañana




Nada más faltó el dinero en la mesita de luz. Podríamos decir que fue la única trasgresión con la que amanecimos el domingo. Nuestras ropas desparramadas en la alfombra, la música al mismo volumen que cuando llegamos, y la ventana entreabierta. Todo trascurría con total normalidad, solo la inconclusa paga viene a romper con el natural procedimiento, de un acto que ha culminado hace horas. Nos mantenemos separados en esa acotada cercanía que propician los colchones cuando amenguan su temperatura, y enfrían las yemas de los dedos que audaces se arrastran buscando dibujar un abrazo que al instante cuartaremos, deteniendo su recorrido austero a mitad de camino.
Los placeres de noches de rimel, y perfumes dulzones que vienen a empañar las expiraciones de cuerpos agotados, nos descubren entrelazados, y presos de esa misma cárcel de algodón y fibra. Elijo el silencio, finjo estar dormido para evitar el dialogo, brindando una pequeña ayuda al postergado triunfo de la mañana, que vendría a terminar de una buena vez con mi tortura. Derrocharía toda mi
fortuna, en poblar de billetes tu cartera, y esfumarme de la habitación, para no oír tu voz, que por crudeza del azar, entre todas las voces, ha sido diseñada para que mis oídos vibren a una frecuencia perfecta, que no busco, y me cautiva mitigándome en su completa soberanía musical. Oír como articulas las palabras más comunes de tres o cuatro silabas, que elegís para introducirlas en las oraciones mas tenues y delicadas, que habrán de seducirme para siempre.
No puedo culparte de mi fracaso. Me preocupo por sortear todas las tretas que habrás de proponerme, o de cumplir a raja tabla las especificaciones necesarias para que esto no ocurra, pero es inútil, todavía no puedo dejar de oír.



Cuanta imperfeccion, pelos, tajos, mugre